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Un 28 de mayo desembarca en Veracruz el archiduque de Austria Maximiliano

El que Maximiliano de Austria aceptara a petición de un grupo de mexicanos convertirse en emperador de México, en un momento de convulsión nacional, respondía a la lógica y a los valores que por entonces eran plenamente aceptables universalmente

Durante el siglo XIX las monarquías eran la forma de gobierno más común en el mundo civilizado, y eran bien vistas como institución gobernante también en México, que había sido gobernado por monarcas y virreyes durante tres siglos.

Solamente Estados Unidos, la joven potencia que por entonces surgía, se oponía a la idea de un monarca. Tampoco era mal visto en aquella época que un personaje originario de un país, fuera monarca de otro, como era común en Europa. De ese modo, el que Maximiliano de Austria aceptara a petición de un grupo de mexicanos convertirse en emperador de México, en un momento de convulsión nacional, respondía a la lógica y a los valores que por entonces eran plenamente aceptables universalmente.

El México republicano y federal no existía en la idiosincrasia del pueblo en 1864. Sólo en la mente ilustrada de unos pocos, entre ellos el grupo al que el Imperio desplazaba del poder, encabezados por Benito Juárez.

El 28 de mayo de 1864 desembarcó en Veracruz el archiduque de Austria, Fernando Maximiliano de Habsburgo, a quien un sector de la sociedad mexicana, apoyado en el Ejército francés que ocupaba el territorio, había ofrecido la corona de México.

Cuando llegó a México, Maximiliano era un hombre joven de 32 años, bien parecido y de alta estatura, según crónicas de la época.

Su presencia impactaba no sólo por el físico, sino por su ideología, plenamente liberal, a pesar de haber sido invitado por el bando conservador.

Su mentalidad, y formas políticas benevolentes, adelantadas a su época, contrastaron muy pronto con el autoritarismo con que gobernaron sus predecesores y sucesores liberales, parti-cularmente el propio Juárez y Porfirio Díaz.

Maximiliano era hermano del emperador de Austria.

Nació en 1832, recibió una educación de príncipe, en la que sobresalió por su esmero, y la complementó con numerosos viajes. En 1857 se casó con Carlota Amalia, hija del rey de Bélgica, y posteriormente destacó como ilustrado y reformista gobernante del reino Lombardo-Véneto, que entonces era una posesión del imperio austríaco y hoy forma parte de Italia. Pero al lado de su amplia cultura y su viva inteligencia, su capacidad de conciliación y negociación y sus vigorosos impulsos reformistas, tenía una notable debilidad de carácter, una ligera frivolidad y un desconocimiento casi absoluto de la situación y las características de México. Creía que, como había hecho en Lombardía, bastaba con impulsar leyes justas para fundar la felicidad de aquel remoto y desgraciado país transoceánico. Fueron esa frivolidad y ese desconocimiento de México lo que lo llevaron a aceptar la corona.

La primera vez que Maximiliano conoció los proyectos monárquicos de los conservadores mexicanos, y su calidad de candidato al trono, fue en septiembre de 1861.

Desde ese momento, Maximiliano se dedicó a aprender el español y a estudiar la Historia de Méjico de Lucas Alamán, al mismo tiempo que entró en contacto con los conservadores mexicanos exiliados.

Cuando el Ejército francés, aliado con los conservadores mexicanos, tomó la Ciudad de México, en 1863, Maximilia-no respondió a las invitaciones formales que se le hicieron diciendo que asumiría el trono sólo si ese era el deseo de la mayoría de la nación mexicana, de modo que los conservadores organizaron un plebiscito que únicamente tuvo efecto en los territorios dominados por los franceses y, con resultados amañados, convencieron al ilustre príncipe. Así fue como Maximiliano aceptó la corona de México. Luego de firmar un tratado con el emperador francés, cuyos ejércitos lo sostendrían en un principio, y de renunciar a sus derechos al trono austríaco, embarcó hacia México, llegó frente al puerto de Veracruz el 28 de mayo y pisó suelo mexicano por vez primera al día siguiente. Con el atraco del Novara en Veracruz y el desembarco de los archiduques, recordamos los 160 años en en Maximiliano y Carlota iniciaron su fascinante aventura en México.

Entre los legados de Maximiliano en México, está el de haber introducido el concepto de jornada laboral, la prohibición del trabajo infantil, y por extraño que parezca, un modelo de reparto agrario.

La culminación de la Guerra de Secesión en Estados Unidos en 1865, y la inminente Guerra Franco-Prusiana, terminaron ocasionando que Napoleón III retirara de México a las tropas francesas que sostenían el Imperio, y dejaran a Maximi-liano a su suerte, asediado por los ejércitos de la república, comandados por Juárez. La emperatriz Carlota ya había salido del país desde antes rumbo a Europa, a rogar sin éxito el apoyo de su padre, el rey Leopoldo de Bélgica, e incluso del papa Pío IX. De ese episodio, surgió el famoso poema, después convertido en canción Adiós mamá Carlota, que con sorna compuso el bando triunfador, en la pluma de Vicente Riva Palacio, liberal radical. Lejos de huir del país, Maximi-liano decidió defender con honor al Imperio, acompañado de su más fiel e importante militar, el General Miguel Miramón, el presidente más joven en la historia de México, y uno de los niños héroes del Castillo de Chapultepec, en 1847.

Su muerte ordenada por Juárez, ocurrió a pesar de las solicitudes de varios países por perdonarle la vida.

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