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lunes, mayo 27, 2024
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Luis Mateo Díez recibe el Premio Cervantes de Literatura

En el paraninfo de la Universidad Alcalá de Henares, el escritor originario de León y uno de los fabuladores de historias más importantes de las últimas décadas, Luis Mateo Díez fue galardonado con el Premio Cervantes, con el que se consagra como un clásico vivo de la literatura en español

En su discurso de recepción, el novelista y cuentista reconoció que fue un “niño de posguerra” y eso supuso también que esa “atmósfera de tristeza y desolación” lo llevó a él mismo a convertirse en escritor, tras hacer un repaso por sus grandes refe-rentes en la literatura y en otra de sus grandes fuentes de inspiración y aficiones, el cine.

Mateo Díez, nacido en el pueblo leonés de Villablino, en 1942, es además de escritor uno de los académicos de la Real Academia de la Lengua (RAE). Entre sus libros más destacados se encuentran La fuente de la edad, La ruina del cielo, La cabeza en llamas y Los frutos de la niebla, en los que habla de la realidad cotidiana de la España rural, de la que él mismo procede, para atestiguar como se va desvaneciendo con el paso de los años. También habló de eso en su discurso de recepción tras recibir el Premio Cervantes de manos de los Reyes de España, Felipe VI y Letizia.

Mateo Díez se remontó a su infancia para explicar ese presente en el que se había convertido en uno de los máximos escritores en lengua española.

De ahí que recordara que “fui un niño de posguerra y el lastre de ese tiempo histórico detalla en la memoria atmósferas y sucesos que la empañan, de manera que una infancia en esos años puede destilar un apego de tristeza y desolación, lo que tantas pérdidas suponen entre las familias y los vecindarios y, sin embargo, la geografía y el paisanaje de mi niñez no llegaban a enturbiarse del todo, supongo que porque la suerte de los afectos se sobreponía a la desgracia de tantas desdichas”.

El novelista y cinéfilo explicó: “Mi destino de escritor, nada menos, ya ven ustedes con qué facilidad la vida me encaminaba y encandilaba, con el sustrato primitivo de una fascinación y un embeleso, de tal modo que escuchar y escribir unían lo que leer y contar tenían de aliciente y acicate.

Como es habitual en los discursos de recepción del Premio Cervantes, el galardonado hizo alusión a El Quijote de La Mancha, “el libro que escuché con mayor deleite y aprovechamiento, en alguna de aquellas versiones apropiadas de nuestros clásicos, fue Don Quijote de la Mancha, y puedo recordar muy bien la mañana de su primera lectura, cuando en el invierno del Valle la nevada nos robaba el recreo, y el incipiente caballero venía de mucho más lejos de lo que me permitieran percibir los copos que alborotaban los ventanales de la escuela, de la llanura de un sol agostado o de los horizontes que propiciaban la impiedad del enajenamiento para los caballeros que iban a desfacer entuertos como quien sale de casa para remediar el mundo… Don Quijote llegaba para quedarse conmigo como un héroe no menos inquietante que entrañable, del que bastante tiempo después, cuando el incipiente narrador en que habría de convertirme, heredero a veces avergonzado de aquel niño escritor que, por suerte, nunca hizo una redacción sobre la vituperable vida de las mosca, comencé a saber que no era un héroe, que el Caballero de la Triste Figura tenía otra catadura como figura enaltecida en la gloria de quien lo había creado, y que más bien de un antihéroe se trataba, de un reincidente perdedor, término que nunca me gustó pero que no deja de ser significativo, abocado a las perdiciones y los fracasos, por muy ensoñados que se forjaran”.

Y así, tras hilvanar historias y referencias literarias a lo largo de su vida, Mateo Díez volvió a esa infancia de posguerra para culminar el que fue quizá uno de los discursos más importantes de su vida.

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