Hay un lugar donde lo extraordinario es cosa de todos los días. Quien visita la selva del Amazonas ve árboles que tocan el cielo, plantas que curan los males del cuerpo y de la mente, kilómetros de belleza natural que oxigenan la mirada, ríos tan amplios que parecen mares, atardeceres que ralentizan el espíritu y dan la impresión de poner en pausa la vida.
Leticia, en medio del Amazonas colombiano, está llena de tesoros intangibles cuyo brillo solo se percibe allá, frente a ellos. Nadie se escapa de los encantos de esta tierra que aparece en los listados como uno de los 10 destinos de América que hay que conocer.
Hay planes para los gustos más variados. La excursión por el río Amazonas, el más caudaloso del mundo, es un plan obligado para todos. Tiene la quinta parte del agua dulce del planeta y ayuda a dimensionar nuestro tamaño en el ancho mundo. Dejarse llevar por su corriente implica tocar el paraíso, no ese de arena blanca y mares cristalinos que nos han vendido las agencias de viajes, sino uno que conduce a la paz interior.
Para los amantes de los animales, se debe comenzar por la Isla de los Micos, que roban bananos y sonrisas. Los caracteriza una amigable picardía que asegura fotos memorables.
Quienes disfrutan la historia, la cultura y la antropología podrán conocer indígenas nukak, yagua, huitoto, ticuna, tucano, kamsá o inga. En su ambiente, donde se sienten seguras y a gusto, estas comunidades presentan sus costumbres y los turistas participan, si lo desean, en sus rituales de agradecimiento.
Los que viajan en busca de turismo ecológico pueden visitar los Parques Nacionales Amacayacu, La Manigua y Cahuinarí, y los lagos Yahuarcacas, Sagrado Cocama y Tarapoto.
También tienen la alternativa de ir al Parque Ecológico Mundo Amazónico, donde podrán hacer caminatas, asistir a una degustación en la Casa del té amazónico, pasear por el acuario e, incluso, conocer los juegos tradicionales de la región: el arco, la flecha y la cerbatana. Para terminar el recorrido, vale la pena visitar Puerto Nariño, donde podrán probar la gastronomía de la región.
El Amazonas es tierra para nacer, para morir y para renacer. Los misterios que esconde este bosque tropical, considerado el más extenso del mundo, son celosamente guardados por un río que permite y niega la vida a su natural antojo.
Justo al frente del puerto civil de Leticia capital del departamento del Amazonas en Colombia, está la isla de la Fantasía. Sus casitas de colores, cada una encaramada en dos metros de madera chueca, dan la impresión de que tiemblan de miedo. Y hay razón para tenerlo. Esta isla se llama la Fantasía porque cuando el río se crece, desaparece.
En este punto, en el extremo sur de Colombia, se abrazan Perú, Brasil y Colombia, en lo que se denomina el trapecio amazónico. Pasar de un país a otro en este lugar es como cambiar de barrio en una ciudad.
Tabatinga (Brasil) y Leticia son separadas apenas por una avenida, y para ir a Puerto Alegría, la comunidad peruana más cercana, basta con aventurarse en lancha unos 35 minutos.
El río Amazonas –que en un tramo de 1.600 kilómetros entre Tabatinga y Manaos fue bautizado por los brasileños como el río Solimões–, alberga, en una extensión de 7.082 kilómetros, más agua que los ríos Nilo (África), el Yangtsé (China) y el Misisipi (Estados Unidos).
Navegarlo es como ir volando. Sus aguas se ven mansas, y el reflejo del cielo y el sol sobre su lienzo oscuro pintan uno de los atardeceres más bellos e imponentes de todo el continente. No por poco esta Amazonia despampanante fue catalogada en el 2011 como una de las siete maravillas naturales del mundo.
A Colombia le corresponden –de los estimados 6 millones de kilómetros cuadrados de selva que se ex-tienden por nueve países– un aproximado de 109.655 kilómetros cuadrados, más que suficiente para disfrutar de la más extravagante y colorida fauna y flora, de lo más místico del conocimiento indígena y de los secretos de la selva y del río.
Los animales de la selva tienen una regla: al que se deje ver, se lo comen. Eso lo explican los nativos. Los viajeros deben saber que, aunque este es uno de los lugares más biodiversos del mundo, la fauna es esquiva. Aquí las especies usan las condiciones que ofrece la región para esconderse de las fotos y los turistas, y también de sus depredadores. Sin embargo, a 30 minutos en lancha desde Leticia en Colombia, está abierto para los visitantes el bioparque de la fundación Icocosa, que significa ‘casa de animales’ y que, según sus directivas, quiere cumplir con los objetivos de conservación de biodiversidad. El lugar tiene una particularidad.
Las más de 200 especies que se aprecian allí –entre monos, peces, serpientes, tortugas, caimanes, mariposas y un jaguar– han sido rescatadas en la zona. Algunos estaban en la mira de los cazadores, estaban heridos o en riesgo de muerte.
El encuentro cultural que se gesta entre Colombia, Perú y Brasil toma forma en el corazón de las etnias indígenas que habitan esta zona sin distinguir fronteras. Las comunidades de ticunas, huitotos, camsás, yaguas, nukaks, tucanos e ingas –entre otras– guardan los secretos de su enigmático hogar: la selva.
El 11 de noviembre de 2011 la selva amazónica fue declarada como una de las siete maravillas naturales del mundo.
