La Nación Cubana del Siglo XXI no puede ser comprendida únicamente por la geografía de la Isla.
Cuba es también su gente: quienes permanecen en ella, quienes tuvieron que partir y las nuevas generaciones de cubanos y descendientes nacidas en otras tierras.
Según las estimaciones demográficas de Naciones Unidas, Cuba tiene actualmente alrededor de 10.9 millones de habitantes.
En Estados Unidos, el American Community Survey del U.S. Census Bureau contabilizó en 2024 aproximadamente 2.95 millones de personas de origen cubano, cifra que incluye tanto a los nacidos en Cuba como a los descendientes nacidos en Estados Unidos.
Año y medio después se puede afirmar conservadoramente que la población de origen cubana en Estados Unidos sobrepasa los 3.1 millones de habitantes.
Pew Research Center confirma una cifra prácticamente idéntica: unos 2.94 millones de cubanos y cubanoamericanos, de los cuales aproximadamente 1.67 millones nacieron en Cuba y 1.27 millones nacieron en Estados Unidos.
A ello se suman aproximadamente 470,000 personas nacidas en Cuba que viven en otros países, además de sus descendientes, cuya cuantificación mundial no existe todavía con la misma precisión estadística, distribuidos principalmente entre España, México, Italia, Canadá y otros países.
Estas cifras permiten afirmar, con prudencia, que la Nación cubana está constituida hoy por más de 14 millones de personas si se considera a la población residente en la Isla, la población de origen cubano en Estados Unidos y los cubanos nacidos en Cuba residentes en el resto del mundo.
Y esa cifra es todavía mayor cuando se incorporan los descendientes de cubanos que viven fuera de Cuba y Estados Unidos, cuya magnitud global no ha sido objeto de un censo internacional.
En términos aproximados, alrededor de tres cuartas partes de esa población viven en Cuba, algo más de una quinta parte reside en Estados Unidos y varios puntos porcentuales adicionales corresponden a los cubanos establecidos en el resto del mundo. Estas proporciones deben entenderse como aproximaciones demográficas y no como un censo mundial de la nación cubana.
El destierro fue, para millones de cubanos, una experiencia dolorosa, muchas veces traumática, marcada por la separación de la patria, de la familia, de las raíces y de una parte esencial de la propia identidad. Pero, paradójicamente, esa tragedia produjo también un fenómeno histórico de enorme trascendencia: la expansión de la cubanidad por el mundo y su encuentro con otras culturas.
El cubano que salió de la Isla llevó consigo su idioma, sus tradiciones, su música, su memoria, sus valores, sus costumbres y su particular manera de entender la vida. Pero al mismo tiempo entró en contacto con otras sociedades, lenguas, culturas, tecnologías, instituciones, formas de organización y maneras diferentes de pensar. Sus hijos y nietos crecieron, además, entre dos o más mundos.
La historia produjo así algo parecido a una gran coctelera cultural: sin perder su esencia, la cubanidad fue incorporando nuevos ingredientes. La influencia española, africana, caribeña y americana que ya había contribuido a formar al cubano se enriqueció, en el último medio siglo, con experiencias procedentes de prácticamente todos los continentes.
De esa extraordinaria mezcla está surgiendo un nuevo cubano: no un hombre que renuncia a sus raíces, sino un cubano universal, con una identidad más amplia, enriquecida por la experiencia de vivir, trabajar, estudiar y crear en sociedades diferentes.
La bárbara experiencia de casi siete décadas de totalitarismo, represión y aislamiento, así como la histórica resistencia de muchos de sus ciudadanos, también constituye, positiva y negativamente, a la formación de ese nuevo hombre cubano.
El resultado puede ser uno de los grandes patrimonios de la futura Cuba: una Nación que conserva su memoria, pero que ha multiplicado sus conocimientos, experiencias, contactos y capacidades humanas fuera de sus fronteras.
Por eso, la diáspora no debe ser contemplada únicamente como consecuencia del pasado ni como una población que algún día deberá regresar.
Debe ser entendida como parte activa del patrimonio humano de la Nación cubana y como uno de sus grandes recursos para el futuro.
La Cuba que habrá de reconstruirse no tendrá que escoger entre la Isla y su diáspora. Tendrá la oportunidad histórica de integrar ambas experiencias.
Una Cuba que una la memoria de quienes permanecieron con la experiencia de quienes partieron; la tradición con la modernidad; las raíces con el mundo; la cubanidad histórica con esa nueva cubanidad universal que ha nacido de la experiencia de la diáspora.
La tragedia del destierro habrá dejado, paradójicamente, una herencia inesperada: una Cuba más universal, más diversa y potencialmente más rica en talento, conocimiento y experiencia.
El futuro de la Nación Cubana puede consistir precisamente en convertir esa dolorosa separación en una fuerza de encuentro, reconstrucción y prosperidad para todos.
Está claro que lo único que separa e impide el reencuentro de todos los cubanos, una Transición Democrática, la Reconstrucción Política, Económica, Social y Cultural de la Nueva República de Cuba, así como la Reconciliación Nacional de la familia cubana, como si fuera un ensangrentado muro de contención, es la Presidencia-Títere, la corrupta y criminal familia Castro y el anti-cubano y traidor Partido Comunista.
Echar abajo ese muro tiene que ser tarea común de todos los cubanos de buena voluntad.
