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miércoles, julio 24, 2024
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Hawái, el paraíso de Estados Unidos

Durante todo el año se pueden encontrar ofertas en vuelos que, por pocos dólares, le llevarán directamente a lo más parecido al cielo que hay en la tierra. Sol, temperaturas ideales, tranquilidad e incluso una cocina en la que se funde Oriente con Occidente que hace del archipiélago, por si fuera poco, un centro gourmet.

Hawái, el Estado más joven de Estados Unidos -entró a formar parte de la Unión en 1959- y localizado en un archipiélago del océano Pacífico, más allá de sus impresionantes escenarios naturales y de ser la cuna de nacimiento del expresidente estadounidense (Barack Obama nació en la capital, Honolulú), es un estado de ánimo constante.

A 3.200 kilómetros del continente

El llamado “espíritu Aloha” es la perfecta simbiosis entre las temperaturas tropicales y la calidez y encanto de su población, que imbuyen las seis principales islas del archipiélago: Kauai, Oahu, Lanai, Maui y Hawái, también conocida como “Big Island”, para no confundir con el Estado en su conjunto.

Alejado unos 3.200 kilómetros del EE.UU. continental, en Hawái se respira tranquilidad. Ya sea desde el impresionante cañón Waimea, el cráter Haleakala o el volcán Kileaua -uno de los más activos del mundo-, el contacto directo con la naturaleza invita a sentirse parte del paraje.

Y a sonreír. Porque en esta tierra volcánica donde casi siempre brilla el sol, te reciben con flores y los nativos saludan con el gesto que universalizó el futbolista brasileño Ronaldinho Gaucho, la vida parece regirse, como les gusta decir en Hawái, por las tres “W”: wind (viento), waves (olas) y wings (alas). Y es así desde hace cientos de años.

Los primeros en poner pie en “Big Island” fueron los polinesios desde las Islas Marquesas, hace más de 1.500 años. Cinco siglos después, nativos de Tahití llegaron y aportaron sus creencias en dioses y demiurgos, dando origen poco a poco a la cultura hawaiana, culminada con la llegada de los colonizadores americanos. En el siglo XX, las plantaciones de azúcar y piña propulsaron la economía de Hawái y atrajo a numerosa población japonesa, china, filipina y portuguesa, pero si por algo se conoce a esta tierra, además de por el sol y el surf, es por lo ocurrido el 7 de diciembre de 1941.

Pearl Harbor en el recuerdo

En aquella fecha de “infame” recuerdo para EE.UU., los japoneses atacaron por sorpresa la base naval de Pearl Harbor, en Oahu, lo que provocó la declaración de guerra de EE.UU. a Japón y su participación inmediata en la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, Japón firmó en la bahía de Tokio la rendición en el acorazado Misuri, que aún descansa en el puerto de Pearl Harbor como museo y solemne recuerdo, venerado por miles de turistas cada año al precio de 16 dólares por entrada. Esos mismos visitantes cuentan con un novedoso punto turístico desde hace cuatro años: los “platós” naturales de la serie “Lost”.

“Hasta hace bien poco tenían el avión destruido en plena playa”, dice el regente de uno de los cientos de lugares disponibles para alquilar un coche y perderse por los 231 kilómetros de perímetro con los que cuenta Oahu. El avión al que se refiere es el Oceanic 815, el aparato que sufre un accidente con muchos de los protagonistas de la ficción a bordo. El rodaje de esas escenas se hizo en Mokuleia, al noroeste de la isla, pero también reciben muchas visitas otros “platós” como los acantilados de Kualoa Ranch o las cascadas de Waihi Falls. Oahu es la tercera isla más grande de Hawái y la más poblada, con unas 900.000 personas, aproximadamente el 75 por ciento del total. Desde la playa de Waikiki (“agua que mana de la tierra”) -una de las más célebres del mundo-, se puede hacer “trekking” hasta el cráter de Diamond Head, que cuenta con una de las mejores vistas de la isla, si se obvian los coloridos y sensuales espectáculos de danza autóctonos. Todo en esta tierra parece que luce con más fuerza.

Los acantilados del condado de Sunday Beach parecen sacados de un cuadro de Friedrich, cambiando la niebla por unas olas que rompen lo cristalino de sus aguas en un paisaje salvaje dominado por los aficionados al surf, al skysurf y al windsurf. Pero también hay espacio para las pequeñas cosas, como la visita a mula por la península Kalaupapa, en Molokai, o los recorridos a pie por la costa Napali, en Kauai, y en coche por Maui. Los cuerpos esculturales se entremezclan con los cócteles, avistamientos de ballenas, atardeceres majestuosos y miles de hectáreas de frondosa vegetación, en un enclave donde montaña y playa se dan la mano de forma única en apenas unos kilómetros. Así es Hawái, donde no existen las preocupaciones y el tiempo parece detenerse.

A principios del siglo XIX los exploradores rusos Iván Kruzenstern y Yuri Lisianski llegaron a las islas de Hawái y se encontraron con que muchos estadou-nidenses ya estaban haciendo negocios allí. A pesar de ello, los eslavos se reunieron con el rey hawaiano con ofertas de colaboración, pero finalmente tuvieron que volver a su país con las manos vacías.

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