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viernes, diciembre 9, 2022
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DIOS : LA GRAN APUESTA – Antonio Calatayud

Les apuesto algo.

Usted puede nacer entre los rascacielos de Nueva York o en un suburbio de París.

Puede ser un nativo de Australia, haber nacido en la Siberia o en Timboktu, o ser miembro de una tribu en el medio de la selva amazónica.

Tarde o temprano sin leer un libro religioso, sin conocer ningún texto sagrado, sin escuchar la prédica fervorosa y elocuente de un misionero o de un predicador, más temprano que tarde, Usted choca con Dios, Usted identifica la presencia, invisible y visible, intocable y palpable, de Dios, de un Ser Supremo.

Cuando miramos de cerca la ingeniería divina que se hace evidente en la especie humana y en el reino animal, inmediatamente identificamos una similitud pasmosa, increíble y para nada accidental.

Hay una sincronización perfecta, un equilibrio y una correspondencia, un clonamiento múltiple, un sistema de conexiones, tan perfecto, que claramente indica la presencia de un gran ingeniero, de una mano maestra, de una presencia genial y total, universal y abarcadora, que lo propone y lo dispone todo.

Igual ocurre con ese fenómeno maravilloso que es la atmósfera, el clima, la naturaleza exuberante del mundo vegetal y el mundo marino, de lo grandioso y lo microscópico.

Qué tal el fantástico y mágico existir del universo infinito, siempre en expansión, con millones de estrellas y planetas que coexisten en el espacio sideral, sin entrometerse una en el espacio y la órbita de la otra.

El ser humano, el Hombre, es el testigo excepcional y en mucho, después de Dios, el gran protagonista de toda esa historia, de todo este insólito y diverso universo nuestro.

Queda claro que, de ahí, también viene, esa angustia vital, ese sentido de soledad sideral, que subconscientemente atribula al ser humano.

Sólo y pequeño, ante la inmensidad apabullante y desconcertante del mundo que nos rodea, nos influencia y en mucho nos determina todo.

Cómo no sentir esa sensación de soledad cósmica ante el milagro cierto de la maravilla de lo ordinario, de lo grandioso de lo común.

De ese espectáculo único y diverso del día y la noche, del mar y las estrellas.

De la canción de las olas, la música del viento, la explosión de colores que nos regala diariamente la magia de los crepúsculos.

Qué tal el silencio hablador de la noche profunda, el aire transparente de los altos picos y la hondura abismal de los cañones de los rios.

Todo nos habla de Dios y todo nos señala el gran regalo que se nos dio al pertenecer a esa membresía estelar de la que ya somos socios 7,000 millones de seres humanos.

Casi nada.

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