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CUBA : LA INTERVENCIÓN DE 1898 DEBE SER LA HOJA DE RUTA PARA LA INTERVENCIÓN HUMANITARIA DE AHORA por Antonio Calatayud

De la intervención de 1898 a la Reconstrucción de la Cuba Democrática
¿Cómo ocurrirá el cambio?
¿Cómo se realizará la Transición?
¿Cómo se reconstruirá una nación devastada durante más de 67 años de dictadura totalitaria?
Estas son algunas de las preguntas que con mayor frecuencia se hacen los cubanos dentro de la Isla, el Exilio y la Diáspora.
No son preguntas menores.
Cuba no enfrentará simplemente un cambio de gobierno.
Enfrentará la gigantesca tarea histórica de reconstruir un país cuyas instituciones, economía, infraestructura productiva, sistema sanitario, educación, agricultura, servicios públicos y tejido social han sufrido durante décadas las consecuencias de un sistema político y económico de partido único.
Por ello, la Transición cubana no puede reducirse a unas elecciones.
La Transición tendrá que ser, simultáneamente, política, económica, social, institucional y cultural.
Espiritual también.
Y una pregunta inevitable es, quién ayudará a Cuba a realizar semejante transformación.
Nuestra respuesta parte de un precedente de la propia historia cubana.
I. 1898: CUANDO CUBA ESTABA DEVASTADA
En 1898 Cuba salía de una guerra devastadora.
La política española de Reconcentración había desplazado a cientos de miles de campesinos hacia las ciudades y poblaciones controladas por las autoridades españolas.
El propio presidente William McKinley describió ante el Congreso estadounidense una situación en la que 300.000 o más personas habían sido concentradas, privadas de medios de subsistencia y sometidas a condiciones de hambre, enfermedad y extrema insalubridad.
Según las fuentes citadas por McKinley, para marzo de 1897 la mortalidad entre los reconcentrados por hambre y enfermedades ya superaba el 50 por ciento en determinados grupos.
La cifra de muertos durante aquella guerra sigue siendo objeto de discusión entre los historiadores.
Diversas estimaciones contemporáneas llegaron a hablar de 300.000 muertos, mientras investigaciones demográficas posteriores han calculado una pérdida poblacional considerablemente menor.
Por ello, el CONGRESO NACIONAL CUBANO considera más responsable hablar de una catástrofe demográfica y humanitaria de enormes proporciones, sin convertir una cifra discutida en una certeza absoluta.
Lo que sí está fuera de discusión es la magnitud de la devastación.
Cuba estaba económicamente arruinada.
La agricultura había sido destruida en grandes zonas.
La producción había quedado paralizada. La ganadería había sido diezmada hasta nivel casi de extinción. La industria azucarera igual.
Las enfermedades y las deficientes condiciones sanitarias constituían una amenaza permanente.
La fiebre amarilla constituía además un problema internacional.
Documentos diplomáticos estadounidenses de la época describen las pésimas condiciones sanitarias de Cuba y el peligro que representaban las epidemias para la propia población estadounidense y para el comercio.
Era, en definitiva, una nación devastada por la guerra.
Y fue en esas circunstancias cuando ocurrió 1898.
II. 1898: UNA INTERVENCIÓN QUE CAMBIÓ EL CURSO DE LA HISTORIA CUBANA
El 20 de abril de 1898, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Resolución Conjunta que autorizaba al Presidente a utilizar las fuerzas militares estadounidenses para obligar a España a abandonar Cuba.
Pero existe un elemento fundamental de aquella Resolución que frecuentemente se olvida.
El Congreso de los Estados Unidos declaró:
“Que el pueblo de la Isla de Cuba es, y por derecho debe ser, libre e independiente.”
Y añadió que Estados Unidos no pretendía ejercer soberanía sobre Cuba, sino pacificar la Isla y, una vez conseguido ese objetivo, dejar el gobierno y el control de la Isla en manos de su pueblo.
Aquella declaración tiene una importancia extraordinaria para la Historia cubana.
Estados Unidos entró militarmente en el conflicto.
España fue derrotada.
La soberanía española sobre Cuba terminó.
Y Estados Unidos mantuvo la ocupación militar hasta 1902, cuando entregó el gobierno de la República a las autoridades cubanas.
El 20 de mayo de 1902 nació formalmente la República de Cuba independiente.
Por eso puede sostenerse históricamente que, entre 1898 y 1902, mediante una combinación de acción militar, ocupación temporal, reconstrucción institucional, reformas sanitarias y transferencia posterior del poder a un gobierno cubano, se realizó la más exitosa y primera Transición Política del Siglo XX.
III. LA DIMENSIÓN HUMANITARIA DE AQUELLA INTERVENCIÓN
La intervención estadounidense no se limitó al campo militar.
Durante la ocupación se desarrollaron importantes programas de saneamiento y salud pública.
Se establecieron medidas contra las epidemias.
Se desarrollaron proyectos de agua potable y alcantarillado.
Se impulsaron obras sanitarias en La Habana y Santiago de Cuba.
Se reorganizó y modernizó el Sistema Escolar y se asfaltaron las calles de muchas ciudades importantes.
Los documentos oficiales de la época registran planes de alcantarillado, pavimentación, abastecimiento de agua y medidas de cuarentena y prevención de enfermedades.
Los resultados sanitarios fueron significativos. Un informe oficial de 1903 señalaba una extraordinaria disminución de las muertes por enfermedades consideradas evitables y destacaba la desaparición de la viruela y la fiebre amarilla de la Isla.
Esto demuestra algo fundamental:
La reconstrucción de una nación destruida no puede limitarse a cambiar a sus gobernantes.
Hay que reconstruir las condiciones materiales que permiten que una sociedad vuelva a vivir.
IV. PERO LA HISTORIA TAMBIÉN DEBE SER CONTADA COMPLETA
El Congreso Nacional Cubano no pretende convertir 1898 en un mito sin contradicciones.
La intervención estadounidense tuvo también componentes geopolíticos y estratégicos.
La Enmienda Platt condicionó la independencia cubana y otorgó a Estados Unidos derechos de intervención que posteriormente fueron ejercidos.
Esa disposición fue finalmente eliminada en 1934.
Por tanto, la lección que proponemos extraer de 1898 no es la repetición literal de 1898.
La lección es otra:
Una nación devastada puede necesitar asistencia internacional extraordinaria para recuperar su libertad, reconstruir sus instituciones y recuperar su capacidad de gobernarse por sí misma.
La Cuba del siglo XXI tendría que hacerlo bajo principios diferentes: soberanía cubana, legitimidad democrática, derechos humanos, participación internacional, transparencia y un calendario claro para la transferencia plena de las responsabilidades a las instituciones democráticas cubanas.
V. DE 1898 A 1948: EL OTRO GRAN PRECEDENTE
Cincuenta años después de la intervención en Cuba apareció otro ejemplo histórico de reconstrucción después de una catástrofe.
Europa había quedado devastada por la Segunda Guerra Mundial.
Ciudades destruidas.
Infraestructuras arrasadas.
Millones de desplazados.
Economías paralizadas.
El hambre y la pobreza amenazaban la estabilidad de las sociedades europeas.
Estados Unidos respondió con el Plan Marshall, un gigantesco programa de asistencia económica para la reconstrucción de Europa Occidental.
El Congreso estadounidense terminó aprobando más de 12.000 millones de dólares para el programa, que impulsó la recuperación industrial y económica europea.
La experiencia demostró que una nación o un conjunto de naciones pueden recibir una asistencia internacional extraordinaria sin que esa asistencia tenga necesariamente como objetivo la sustitución permanente de sus pueblos.
El propósito puede ser exactamente el contrario:
Crear las condiciones para que las sociedades puedan volver a gobernarse, producir, comerciar y prosperar por sí mismas.
VI. CUBA NECESITARÁ, APARTE DEL PLAN MACEO, SU PROPIO “PLAN MARSHALL”
Por eso el CONGRESO NACIONAL CUBANO sostiene que la futura Transición cubana deberá contemplar algo mucho más ambicioso que una simple transferencia del poder político.
Cuba necesitará un Programa Internacional para la Transición y Reconstrucción de la República de Cuba, donde se intente y empodere la presencia rectora de los cubanos mismos.
Un verdadero programa de Reconstrucción Nacional.
Tendrá que abarcar, entre otros aspectos:
– alimentación y agricultura;
– agua potable y saneamiento;
– hospitales y atención médica;
– electricidad y generación energética;
– carreteras, puertos y aeropuertos;
– telecomunicaciones;
– vivienda;
– educación;
– recuperación de la industria;
– recuperación del turismo;
– sistema financiero;
– moneda y estabilidad monetaria;
– seguridad jurídica;
– propiedad privada;
– inversión nacional y extranjera;
– recuperación de las pequeñas y medianas empresas;
– reinserción de Cuba en la economía hemisférica y mundial;
– retorno voluntario de cubanos de la Diáspora;
– recuperación de las instituciones democráticas;
– independencia judicial;
– libertad de prensa;
– elecciones libres;
– protección de los derechos humanos;
– reconciliación nacional.
La reconstrucción económica tendría que caminar simultáneamente con la reconstrucción institucional.
Porque no puede existir una economía moderna sin seguridad jurídica, ni democracia estable sin ciudadanos económicamente independientes y. políticamente libres.
VII. LA TRANSICIÓN NO DEBE SER UNA VENGANZA
La futura Cuba tendrá que enfrentar la responsabilidad por los crímenes cometidos durante décadas de régimen autoritario.
Pero reconstruir una nación exige algo más que castigo.
Exige justicia.
Exige Comisión de la Verdad.
Exige reparación cuando corresponda.
Y exige también reconciliación.
El objetivo no puede ser sustituir una sociedad dividida por otra sociedad igualmente dividida.
El objetivo debe ser construir una República en la que el cubano de la Isla, el cubano del Exilio y el cubano de la Diáspora Glibal puedan volver a reconocerse como miembros de una misma nación.
La reconstrucción de Cuba deberá ser una obra nacional e internacional, pero esencialmente cubana.
VIII. LA AYUDA INTERNACIONAL NO DEBE SIGNIFICAR UNA NUEVA DEPENDENCIA
Existe una diferencia fundamental entre ayudar a una nación a recuperar su libertad y sustituir permanentemente su soberanía.
La Cuba del futuro no necesita un nuevo protectorado ni tutelaje.
Necesita aliados.
Necesita socios.
Necesita capital.
Necesita tecnología.
Necesita mercados.
Necesita conocimientos.
Necesita instituciones.
Y necesita tiempo para reconstruir una sociedad que ha sido sometida durante décadas a un sistema de dependencia política y económica.
Por eso cualquier participación internacional en la Transición cubana debería tener como principio rector:
Ayudar a Cuba a ser capaz de ayudarse a sí misma.
Ese debería ser el espíritu de un nuevo programa internacional de reconstrucción.
IX. ¿PUEDE REPETIRSE 1898?
No.
La historia nunca se repite exactamente.
1898 pertenece a otro siglo, a otro derecho internacional y a otra realidad geopolítica.
Pero la historia sí puede proporcionar precedentes.
En 1898, Estados Unidos intervino militarmente en Cuba, derrotó al poder colonial español, ocupó temporalmente la Isla, impulsó importantes medidas de urgencia y reconstrucción nacional y finalmente transfirió el gobierno a una República cubana independiente.
En 1948, Estados Unidos encabezó un gigantesco programa de reconstrucción económica de Europa Occidental.
Ambas experiencias contienen una enseñanza que merece ser estudiada:
Cuando una sociedad ha sido destruida por la guerra, la tiranía o el colapso institucional, la Comunidad Internacional puede desempeñar un papel decisivo en su recuperación.
La pregunta para Cuba no debe ser simplemente:
¿Quién gobernará después del régimen?
La pregunta debe ser:
¿Cómo ayudaremos a que Cuba vuelva a convertirse en una nación libre, democrática, productiva y capaz de sostenerse por sí misma?
X. UNA PROPUESTA PARA EL FUTURO
EL CONGRESO NACIONAL CUBANO considera que cualquier escenario de Transición deberá contemplar una cooperación extraordinaria entre el pueblo cubano y las democracias del hemisferio y del mundo.
Estados Unidos, por su proximidad geográfica, sus vínculos históricos con Cuba y su capacidad económica, tecnológica y militar, tendría necesariamente un papel de enorme importancia.
Pero no debería ser un proyecto exclusivamente estadounidense.
Debería ser una iniciativa internacional.
Un esfuerzo en el que participen las democracias de América, Europa y otras regiones dispuestas a contribuir.
Un Plan Internacional para la Transición, Reconstrucción y Democratización de Cuba.
Un programa que combine seguridad, ayuda humanitaria, reconstrucción económica, inversión privada, asistencia institucional y recuperación de la infraestructura nacional.
Y que tenga un objetivo perfectamente definido:
No gobernar Cuba, sino ayudar al pueblo cubano a recuperar la capacidad de gobernarse libremente.
XI. CUBA NECESITA SOLIDARIDAD ACTIVA
Durante décadas, los cubanos han escuchado que el cambio llegará algún día.
Ese día, cuando llegue, encontrará una nación que necesitará mucho más que elecciones.
Encontrará hospitales que reconstruir.
Campos que volver a producir.
Ciudades que reparar.
Empresas que crear.
Infraestructuras que modernizar.
Instituciones que refundar.
Familias que reunificar.
Una economía que reinsertar en el mundo.
Y, sobre todo, una sociedad que tendrá que recuperar la confianza en sí misma.
Por eso el CONGRESO NACIONAL CUBANO entiende que la solidaridad internacional con Cuba no puede reducirse a declaraciones diplomáticas.
La solidaridad tendrá que convertirse en acción.
Acción humanitaria.
Acción económica.
Acción diplomática.
Acción institucional.
Y, si las circunstancias del futuro y el derecho internacional lo permitieran, también cooperación en materia de seguridad para proteger al pueblo cubano y garantizar una transición pacífica.
Pero el objetivo final deberá ser siempre el mismo:
Que los cubanos puedan recuperar Cuba.
XII. DE LA CUBA DESTRUIDA A LA CUBA NUEVA
En 1898, Cuba salió de una guerra devastadora.
En 1902 nació una República.
En 1948, Europa comenzó una reconstrucción que transformaría su historia.
Hoy Cuba se encuentra nuevamente ante una encrucijada histórica.
La diferencia es que esta vez no debería existir improvisación.
La experiencia histórica permite prepararse.
La experiencia de 1898 permite comprender cómo una intervención exterior puede contribuir a terminar una crisis y a crear condiciones para la reconstrucción.
La experiencia del Plan Marshall demuestra cómo una asistencia internacional de gran escala puede contribuir a levantar economías devastada.
La propuesta del PLAN MACEO constituye una moderna y viable hoja de ruta.
Y la experiencia de las transiciones democráticas contemporáneas demuestra que la reconstrucción institucional requiere participación nacional, legitimidad, elecciones, Estado de derecho y garantías para los ciudadanos.
Cuba tendrá que combinar esas lecciones y crear su propio camino.
No se trata de regresar a 1898.
Se trata de aprender de 1898.
No se trata de copiar el Plan Marshall.
Se trata de aprender de su experiencia.
Y no se trata de entregar el futuro de Cuba a ninguna potencia extranjera.
Se trata precisamente de conseguir que, después de décadas de dependencia, el pueblo cubano vuelva a ser dueño de su propio destino.
CONCLUSIÓN
EL CONGRESO NACIONAL CUBANO considera que la futura Transición cubana debe ser concebida como una gran operación nacional de liberación, estabilización, reconstrucción y democratización, acompañada por una amplia cooperación internacional.
Si en 1898 el mundo contempló la tragedia cubana y finalmente actuó, y si después de 1945 las democracias occidentales comprendieron que la reconstrucción de Europa era también una responsabilidad internacional, Cuba puede aspirar nuevamente a la solidaridad activa de las naciones democráticas.
Pero esta vez existe una diferencia esencial.
Cuba no debe ser reconstruida para otros.
Debe ser reconstruida para los cubanos.
Para el niño que hoy tiene hambre.
Para el anciano que no encuentra medicamentos.
Para el joven que sueña con emigrar porque no encuentra futuro.
Para la familia separada.
Para el campesino que quiere volver a producir.
Para el empresario y el intelectual que quieren crear.
Para el profesional que quiere trabajar libremente.
Para el exiliado que quiere regresar.
Para la Diáspora que quiere invertir en su patria.
Y para las nuevas generaciones que tienen derecho a recibir una Cuba distinta de la que heredaron.
Una Cuba libre.
Una Cuba democrática y republicana.
Unitaria, inclusiva, representativa, participativa, solidaria, capitalista y cristiana.
Una Cuba próspera.
Una Cuba reconciliada.
Una Cuba abierta al mundo.
Una Cuba que vuelva a ser, finalmente, el hogar nacional, la casa común, de todos los cubanos.
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