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viernes, diciembre 9, 2022
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Asesinatos espectaculares y espeluznantes

En las calles de las principales urbes colombianas se está viviendo una guerra a muerte entre bandas criminales por el dominio territorial y por el control de las redes de distribución ilícitas. El morbo transfronterizo, difuminado por la influencia de grupos como el Tren de Aragua -venido de Venezuela-, se ve alentado por situaciones verdaderamente dantescas, como la presencia de partes de cuerpos humanos siendo transportados en carretillas, la existencia de casas de pique y de tortura, y el abandono de carros de alta gama dentro de los cuales se han cometido actos de violencia extrema

Para entender qué hay detrás de esta Pandemia de la Criminalidad, resulta pertinente hacer referencia, en primer lugar, al Asesinato como Mensaje. Se trata de muertes violentas cuya forma de perpetración dista mucho de la manera de operar tradicional de la delincuencia común, en el sentido de que el homicidio no es una consecuencia secundaria de un delito común, como el hurto. La muerte misma constituye la columna vertebral de la escena principal, y está destinada a ser obligatoriamente vista por los transeúntes. Por lo tanto, el delito per se deja de importar y se transforma en una herramienta comunicativa, dirigida a la sociedad y a sus dirigentes, con el fin de afianzar el poder y el control urbano de la organización criminal.

El modus operandi está meticulosamente direccionado contra objetivos previamente seleccionados, y las evidencias, en lugar de ser eliminadas para no ser descubiertas, se dejan allí, a plena luz del día. Cuanto más horrenda resulte la escena, más “atractiva” resulta para su difusión generalizada. De esta forma, por ejemplo, en México, tras una larga balacera, fue asesinado el presidente municipal de San Miguel de Totolapan, en el estado de Guerrero. No fue un ataque común, que se hubiera podido ejecutar, por ejemplo, en una carretera aislada. Se trató, en cambio, de un accionar criminal masivo contra el ayuntamiento y contra un espacio público donde se realizaba una reunión comunitaria. El resultado: 20 personas asesinadas en pleno centro urbano y la sede del palacio gubernamental, con balazos incrustados, parecía digna de una zona de guerra. Nos encontramos, entonces, ante la nueva realidad latinoamericana: el Delito como Espectáculo.

Los medios de comunicación son, en parte, instrumentalizados como dispersores del mensaje que quieren dar los criminales. Es por ello que, paradójicamente, la transmisión de la información (que, en principio, es socialmente deseable) en estos casos es -en parte- deseada por los desadaptados violentos, con el fin de amedrentar y establecer un reinado del terror en las calles.

En segundo lugar, es necesario hablar del Efecto Copycat. Dada la instrumentalización simbólica del crimen, la comisión de este tipo de asesinatos alienta al grupo rival, o incluso a facciones dentro de la misma banda criminal, a cometer actos delictivos similares. Se genera una escalada criminal, en donde los grupos de bandidos demuestran su fiereza en la medida en que cometan actos más viles y despiadados que su “competencia”.

Finalmente, todos estos crímenes tienen un patrón común: la difusión comunicativa de inestabilidad social. La violencia vuelta espectáculo, sumada a la motivación simbólica y selectiva de los asesinatos que hemos presenciado últimamente, dan lugar a un cóctel perfecto que genera una percepción grave de inseguridad ciudadana, temor, desconfianza hacia la Policía y hacia el Ministerio Fiscal e, incluso, en el peor de los casos, deseos de hacer justicia por mano propia.

La solución para este patrón de violencia sistemática, entonces, es urgente, y no se consigue tan solo amenazando a las cabezas de las maras en las cárceles con tratos inhumanos, como pretende Bukele en El Salvador; ni legitimando tras un ropaje argumentativo los atentados brutales y violentos en contra de la Policía, como Petro en Colombia. La verdadera solución solamente puede surgir de una combinación de factores: el uso de la fuerza a través de un despliegue policial eficiente y ágil, acompañada de la ampliación de las redes de inteligencia y contrainteligencia a disposición de las autoridades. Además, es necesaria la implementación de campañas públicas a gran escala que logren desenmascarar a los criminales y mostrar su verdadera faz como los enemigos públicos No. 1 de la sociedad en general, de las madres y de los padres trabajadores y de los niños que quedan huérfanos tras los actos criminales (por ende, serán descubiertos como enemigos de todos, y no solo como meros adversarios del Estado).

Si no se implementan políticas inmediatas para contrarrestar estos atentados comunicativos contra la vida y la dignidad humana, nos arriesgamos a caer en lo que Merton denominaba como el espiral de la anomia, que consiste en el derrumbe de los valores sociales fundamentales y la instauración de un verdadero reinado de los anti valores, donde el ansia por obtener provechos materiales y reconocimiento mediático es vista como superior a los mínimos del respeto y la valoración por la vida humana.

*Abogado Penalista en la firma Mario Iguarán Abogados Asociados

Egresado de la Universidad de Los Andes y del Center for

Transnational Legal Studies de la Universidad de Georgetown

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