VIGENCIA DELPENSAMIENTO DEL APÓSTOL Y LOSPATRIOTAS DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

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Por Emilio Martínez Paula

En este trabajo propongo que los histo­riadores cubanos,- y muy en especial los miembros de la Academia de la Histo­ria de Cuba-, debemos iniciar una serie de estudios, de ensayos, para mostrar, a los que tienen dudas, y a sus detractores, la vigencia del pensamiento del Apóstol José Martí. En los más de 50 años de gobierno tiránico en Cuba no se han atrevido a publicar una biografía seria del héroe, del Apóstol de nuestra independencia. Se ha silenciado a Martí. Los libros de Mañach y la biografía Martí el Apóstol brillan por su ausencia. Los trabajos de Carlos Ripoll, uno de los historiadores cubanos más serios y dedicados a la obra del Apóstol no se conocen en Cuba. En uno de los artículos publicados por Ripoll le hala las orejas a Carlos Alberto Montaner por su trabajo titulado “La Mitología Política en el Culto a José Martí” donde se observa “el mal disimulado desdén con que Mon­taner comenta sobre el nacionalismo romántico representado por José Martí” Aclara Ripoll que la afirmación de CAM de que el entorno martiano estuvo ale­jado de gobierno de la República no se ajusta a la verdad histórica: el primero Don Tomás Estrada Palma fue la persona más respetada por Martí en los días de emigración en New York y lo sustituyó después de Dos Ríos como jefe del Partido Revolucionario Cubano. Los gener­ales José Miguel Gómez y Mario García pelearon en la guerra del 1895, la guerra de Martí. Alertados por los responsables señalamiento de Ripoll podemos seguir a los detractores del Apóstol, entre los que se agazapan Alejandro Armengol, que no sólo ha pedido “enterrar a Martí” sino que afirma: “Un país no se funda­menta sobre el ideal exaltado de un poeta” Sin duda un pensamiento notablemente estúpido. Otro fu­lano que encharca las playas de Miami es Emilio Ichikawa que afirma: _Así se podría distinguir entre una seudo y una verdadera república independiente, la pri-mera alcanzada en 1902 y con carácter constitucional, la segunda alcanzada en 1959 con carácter constituyente”. Es decir, para Ichikawa la república por la que murieron Agramonte, Carlos Manuel de Céspedes, Martí y Maceo es falsa. La de Castro es la verdadera. Prueba que la República de 1902 es la que representa al pueblo de Cuba es que, pese a la miserable Enmienda Platt, la que borra­mos de nuestra constitución en 1934, Cuba en 1952 era soberana e indepen­diente. Era la frente de América. Para este Ichikawa “la república martiana establece una tradición por futuridad, el entusiasmo de un proyecto” Ichikawa es un Cantinflas de la filosofía, experto en galimatías en el que la penetración ideológica de la tiranía siguiendo el mé­todo utilizado por Pavlov para amaestrar a sus famosos perros, por lo que repite lo que Castro le ha inculcado en su mente. A este trío se une Andrés Rei-naldo que afirma que Martí fue intelectualmente deshonesto y políticamente “demagógi­co” cuando le postuló a Cuba la misión impediré la expansión de los Estados Unidos sobre nuestros países”.
Andrés si tiene ocasión de leer las carta entre Leoanard Wood y MacKin­ley dadas a conocer en el libro Momentos Estelares en la Historia de Cuba, tal vez entienda las razones del Apóstol.
Martí es una de las figu­ras que señorean, junto con Varona y otros grandes pensa­dores, el pensamiento univer­sal. Están en plena vigencia las palabras de Martí cuando observó a la muerte del inventor del marxismo esta definición: Carlos Marx ha muerto. Como se puso del lado de los pobres merece respeto, pero anduvo en las sombras. Y sus cantos no son de paz. También aseveró el Apóstol con palabras que hoy no sólo tienen vigencia sino que son un llamado a la lucha por la libertad: “Dos peligros tienen las ideas socialis­tas, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.
En su estudio sobre las ideas im­perantes en Inglate-rra, aseveró: “El so­cialismo nos impondría la esclavitud. Y si mal no recuerdo: Me gustaría que la primera ley de la república fuera el culto a la dignidad plena del hombre”. Y dijo también: Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de la medicina, según falte éste u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo. Asimilarse lo útil es tan juicioso, como insensato imitar a ciegas.
En algunos recién llegados al exilio, tal vez infiltrados por la tiranía, y otros que cultivan el arte de la ignorancia y no estudian la historia de Cuba, podemos observar que, siguiendo pautas trazadas por el Partido Comunista, se dedican a empañar y desdibujar el pensamiento de José Martí. Sin dudas entre los que su­frieron los más de cincuenta años de tiranía que ocultó y deformó la historia de Cuba, que desinformó y mintió, hay personas bien intencionadas que repiten lo que le enseñaron los agentes castristas sobre la historia de la patria. Una historia que todo cubano bien nacido recuerda con orgullo.
No hay que extrañarse de lo que haga la izquierda y toda la gama de esa gente que no luchan por mejorar el sistema democrático sino por destruirlo. Tratan de apoderarse del poder, del gobierno de un país, para robarse los bienes ajenos y mantenerse como tiranos, sin vacilar en fusilar o enviar a cárceles a todos los que se oponen al régimen. Como Stalin y sus setenta años de socialismo y sus genocidios donde murieron millones de seres humanos, crímenes que la propa­ganda comunista casi ha borrado del espantoso pasado socialista. Hitler que impuso el nacional socialismo y legó su libro Mi Lucha, que Castro leyó y releyó en sus días de dorada cárcel, bien comido y con capacidad para es­cribir en Bohemia y otras publicaciones después del asalto al Moncada. Lo que demuestra que es un error darle a los enemigos de la democracia facilidades para que la destruyan con el beneficio de los derechos a disentir. Si bien se les debe permitir hablar libremente, cuando mientan deben ser juzgados. Si ampara­dos en las leyes que permiten la libre emisión del pensamiento hay gente que opinan a favor de Stalin, Hitler, Castro y suje­tos como el fallecido Chávez, si niegan la existencia de los campos de horror del nazismo o del stalinimo o el castrismo, deben enfrentar un tribunal imparcial para que demuestren que lo que ellos dicen a fa­vor de los tiranos es verdad. Si mienten, pues que paguen su culpa. Pero nos esta­mos alejando del tema. Los detractores de Martí tienen un viejo historial. Y una causa principal: la eticidad del martianismo. La ética es la ciencia que estudia el bien y el comportamiento humano en cuanto al bien y el mal. Aristóteles es considerado el fundador de esta disci­plina, que es el conjunto de reglas mo­rales que norman el comportamiento del ser humano. Los mediocres, los en­vidiosos y los que no estaban dispuestos a cumplir con principios morales, los que no estaban dispuestos a dar su tiempo y su vida por la causa de la independencia de Cuba, odiaban a Martí.
No sólo debemos enfrentar a los detractores de Martí, sino emplazarlos a que demuestren con precisión y pruebas sus pronunciamientos. Pedir enterrar a Martí y afirmar que una nación no se funda sobre el ideal exaltado de un poeta son afirmaciones que se han publicado en un periódico de Miami, un vertedero donde si bien se leen cosas de valor, escriben los detractores del pensamiento del Apóstol. Y estas agresiones al pensador cubano, de altura universal, no deben pasar inadvertidas. Ni toleradas.
A los Señores Ar­mengol, Ichikawa, Carlos Alberto Mon­taner, Andrés Reinaldo y otros, les recomendamos re­pasar los libros de Jorge Mañach, su biografía sobre Martí, sus lecciones en la Universidad de La Habana en la Cátedra Martiana, sin olvidar a Félix Lizaso, sin dudas el más fiel de los martianos. Su Martí místico del deber es una ex­celente y premiada biografía. Roberto Agramonte que a los 22 años había ocupado la cátedra de Filosofía y Moral que anteriormente había enseñado En­rique José Varona en la Universidad de La Habana. Agramonte tiene una obra monumental: Martí y su concepción del Mundo; Antonio Martínez Bello: Ideas sociales y Económicas de José Martí. Si alguno de los interesados en estudiar el pensamiento del Apóstol y reunirse con la Academia necesita releer estas obras, podemos prestárselas para que las lean con la única condición de que las devuelvan en tres semanas. Termina­mos con palabras del apostolado mar­tiano: Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que, so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado de doctrinas, y les predica al oído, antes que la dulce plática del amor, el evange­lio bárbaro del odio.
Si pudiéramos escuchar las pa­labras del Apóstol, Martí llamaría de nuevo a la Guerra Justa y Necesaria.

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