Para un Día de las Madres

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Por Emilio Martínez Paula

Mi madre, como casi todas las madres, era una madraza. Crió a sus hijos a “pulmón” en una época en que no había lavadora ni secadora para la ropa, ni los refrige-radores habían invadido el mercado. Para tener agua fría bastaba el bloque de hielo que se adquiría con 5 centavos y la vieja nevera de serpentín.
Bien recuerdo La Habana, en los difíciles años treinta, cuando el carbonero estacionaba el carretón de mulas frente a la casa. Se cocinaba con carbón de mangle, y era una suerte la casa que en esos tiempos se daba el lujo de prender la cocina todos los días. Durante la hambruna del “machadato” la gente le decía a la harina “te odio y sin embargo te quiero’’. Eran días de pregoneros que vendían “piña buena y de la tierra’’, por diez centavos y veintiún huevos por una peseta cubana que equivalía a 20 centavos. Otro pregón muy popular, el de “cuatro pollos por un peso’’.
Aquellos pollos criollos tenían sabor. Ahora que el pollo es comida de todos los días, criados artificialmente, saben a papel periódico viejo. Mejor es el criollo que come cucarachitas y cualquier bicho viviente. Comer en los años treinta y cinco casi era un lujo. Comer pollo era cosa de algunos domingos. El arroz con pollo tenía fama de banquete. Mi madre hablaba de otros años, los interesantes años veinte, cuando los vendedores de leche se paseaban por el corazón de La Habana acompañados de sus vacas, las que ordeñaban a plena calle, cerca de la acera y en la puerta del cliente. Era leche del manantial a sus labios, sin adulteración posible. Pero un tanto anti higiénico.
Yo era un “zanganete” de seis o siete año y mamá me cantaba y me dormía en sus brazos: “Duérmase mi niño, duérmase mi amor, duérmase pedazo de mi corazón”.
Mamá nos levantaba temprano para que no faltáramos a la Escuela Pública Número 21, situada en Indio y Rayo, a una cuadra de Monte. Café con leche y un pedazo de pan era el desayuno habitual, más tres centavos para la merienda. Tres centavos era un capital que compraba un pan con timba “o un matagallegos’’, un dulce que no sé porqué le decían matagallegos.
Cuando había problemas con los compañeros de clase: “Espérame en el callejón de Antón Recio’’. Como no había odio, se paraba uno frente a otro y se ponían un pedacito de papel sobre el hombro: “A que no me quitas la pajita, ¿va? Y el coro de fanáticos animaba a los púgiles y uno soplaba el pedacito de papel y se liaban a golpes hasta que alguien gritaba ¡policía! Y luego en la casa había que justificar un ojo amoratado o la nariz rota alegando que había sido una caída.
El “Día del Beso a la Patria’’ era impresio-nante. Se celebraba los viernes. Y el director de la “veintiuna’’ cuya cara recuerdo perfectamente, con su traje muy usado y su camisa blanca muy limpia y corbata negra, nos hacía vibrar ante el relato del Rescate de Sanguily ¡o los veinte balazos que como veinte medallas cicatrizaron en el pecho del general Maceo!. Otro personaje inolvidable es Portela, el viejo conserje de la “veintiuna’’ con el pelo muy blanco y su cara mulata y su sonrisa bondadosa. Y mi maestra de quinto grado que una vez me rompió una regla en la cabeza y luego me abrazó llorando y me quería como a un hijo.  Eran excelentes aquellos maestros mal pagados de las escuelas públicas.
Mamá mandaba a sus tres hijos varones al colegio bajo el lema de “zurcidos, pero limpios’’. Eran las palabras mágicas con que nos ponía un viejo pantalón donde sus manos amorosas habían remendado los roticos que le hacíamos a la ropa. Y el pantalón de mi hermano mayor pasaba a mi otro hermano y tarde o temprano me alcanzaba a mí que lo usaba bajo protesta. Nuestro hogar era de recursos limitados, pero mi padre, noble y generoso también, luchaba a brazo partido con la vida y nunca nos faltó lo esencial; aunque a veces comíamos harina más de lo que queríamos. Aunque para mí, un plato de harina con un par de huevos es una comida excelente. Nuestra niñez fue espléndida en una época en que un par de patines era un gran regalo de reyes; y los 20 de Mayo había que vestir ropa nueva y todos teníamos un traje dominguero.
Mamá llevó sus años con dignidad. Y hasta los 86 años era capaz de hacer todos los quehaceres de la casa.
Pero poco a poco la vida la fue venciendo, pero nunca la pudo doblegar del todo. Siempre atendió a sus necesidades personales. Leía y comentaba el periódico todos los días, y los noticiarios de la televisión. Se acostaba después de las doce de la noche y escribía cartas a viejas amigas, pocas ya, pero tenía amigas a las que quería entrañablemente. Mi madre murió. Le llegó la muerte en un extraño aposento de un hospital de provincia, sin que ninguno de sus seres queridos estuviera a su lado en ese momento. (Josefa de Paula,  ¡qué tristes y qué solos se quedan los muertos!).
Sé que mi madre está ahora muy cerca de Dios, pues siempre tuvo esa fe. Y Dios existe para los que creen profundamente en Él. Ella vive, también, en el recuerdo de todos los que la conocimos. ¡Yo la recuerdo todos los días, pues todos los días es el día de las madres!
Nota de redacción: Durante las próximas semanas estaremos reproduciendo algunos de los artículos más destacados o relevantes que nuestro director Emilio Martínez Paula escribió y publicó semanalmente en esta página y en donde tocó temas culturales, temas espinosos y temas históricos entre otros.

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