La Tumba Secreta de Hernán Cortés en México

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Hernán Cortés murió un2 de diciembre de 1547, en Castilleja de la Cuesta, España

El mayor enigma de Hernán Cortés  fue su tumba. Entre el siglo XIX y el XX, se dio por desaparecida y alimentó uno de los grandes misterios históricos de América. Hubo quien pensó que había sido saqueada, otros especularon con el extravío, y algunos convirtieron el caso en una metáfora del destino de España en México. La verdad no andaba ni lejos ni cerca. Pero aún hoy, cuando la tumba del conquistador languidece en el olvido, mantiene su capacidad de sorpresa.
En 1823, tras la Guerra de Independencia y ante la furia antiespañola que barría México, el ministro mexicano Lucas Alamán, como detalla el historiador Salvador Rueda, urdió un plan para evitar que cayera en manos de profanadores y fuera destruida. Al tiempo que hacía creer que los despojos habían sido enviados a Italia, los ocultó prime-ro bajo una tarima del Hospital de Jesús, el lugar donde la leyenda considera que Cortés y Moctezuma  se vieron por primera vez, y 13 años después, tras un muro en la contigua Iglesia de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno.
La ubicación del nicho quedó silenciada y durante años permaneció en secreto hasta que en 1843, el propio Alamán, para evitar que su paradero cayera en el olvido, depositó en la embajada de España un acta del enterramiento clandestino. El documento, lejos de ver la luz, recibió tratamiento de secreto. Dio igual que el embajador fuese conservador, liberal o republicano: de un siglo a otro, el papel nunca salió de la caja fuerte diplomática.  Hernán Cortés, el hombre que encarna como pocos el esplendor y la barbarie  de la Conquista, hacía mucho que había dejado de ser realidad y se había convertido en un tabú en México. Y la buena relación con el país norteamericano pasaba por su olvido. Incluido el de su tumba.
Así fue hasta que en 1946, un alto cargo del Gobierno republicano en el exilio, de quien dependía la embajada, filtró una copia del documento. El 28 de noviembre de aquel año las reliquias fueron plenamente identificadas.
El hallazgo, tras 123 años de misterio, desató antiguos demonios. Hubo quien pidió que los restos fueran arrojados al mar. Otros llegaron más lejos. Ante estos ataques, salió a la palestra el presidente del PSOE y exministro republicano Indalecio Prieto, exiliado en México y conocedor por su cargo del enigma. En un conmovedor artículo publicado en la prensa de la época, reveló la centenaria historia secreta y pidió la reconciliación. “México es el único país de América donde no ha muerto el  rencor originado por la conquista y la dominación. Matémoslo, se-pultémoslo ahora aprovechando esta magnífica coyuntura”.
Sus palabras no tuvieron eco. México prefirió devolver los restos al lugar al que los había arrojado la historia. En 1947 fueron recolocados en un muro de la Iglesia de Jesús Nazareno. A la izquierda del altar. Allí siguen.
– ¿Viene alguien a visitarla?
– No viene nadie. Aquí no hay permiso para sacar fotos ni hacer turismo. Eso nos lo tienen prohibido.
La secretaria de la iglesia ha res-pondido sin levantarse de la silla. Está apostada a la entrada y mira con displicencia al recién llegado. El templo, enclavado en una concurrida avenida del centro histórico, parece medio abandonado. A un lado se acumulan muebles antiguos; a otro, andamios y sacos. La tumba no se aprecia a simple vista ni está indicada por ningún letrero. Hay que llegar al fondo y mirar a la izquierda del altar. A tres metros del suelo, se encuentra la placa que señala el lugar donde descansa el conquistador. Es de me-tal anaranjado. Sólo dice:  Hernán Cortés 1485 – 1547.
Muerte 2 de diciembre
El 2 de diciembre de 1547 fallecía Hernán Cortés, el paradigma del conquistador español, el más notable y heroico, el primero en demostrar que unos pocos españoles hambrientos, con valor y determinación, podían hacer caer imperios. Cortés murió en España, adonde había vuelto después de 24 años de virreinato y 36 en las Indias, para descansar en paz con su gente. Había convertido Nueva España en una colonia próspera y bulliciosa, de agitada vida comercial y cultural, pero las suyas eran andanzas ya de otra época. Cortés deambulaba por la corte «tomando la muerte por vida». «A las doce me acuesto, a las ocho me levanto, hasta las once despacho negocios, de once a doce como, de doce a una me entretengo con truhanes o en pláticas sin fruto…», narraría. Mejor lo hubiera soportado de haber contado con la amistad sincera del emperador, pero Cortés llegaba a Madrid entre rumores e intrigas. Aun así, vivía con gran boato y trataba de frecuentar compañías selectas, dejando de lado a muchos de quienes le habían servido fielmente y a sus familias, algunas con verdaderas necesidades.
Quiso casar a su hija mayor, doña María, con Alvar Pérez de Osorio, heredero del marquesado de Astorga, ofreciendo una dote de cien mil ducados, una cantidad astronómica para la época. A última hora desheredaría a su hijo, probablemente a cuenta de un disgusto por haber escogido como esposa a la hija de un enemigo suyo. Los mil ducados anua-les que le dejaba de renta los donaba al duque de Medina Sidonia, uno de los hombres más ricos de España. Nada para sus viejos soldados, coba y lisonjas para la nobleza.
Sí tuvo recuerdos para México, donde tenía puesto el corazón y donde había dispuesto que le ente-rraran. Desde la caída de Tenochtitlán se había afanado en reconstruir la ciudad, para hacerla capital de la Nueva España, y en 1523 ya tenía título de ciudad y escudo. Hizo cons-truir hospitales y monasterios, la dotó de una catedral, con el tiempo la más hermosa de Hispanoamérica, y por supuesto de una universidad. En su testamento legará una buena suma para la construcción de un hospital, un convento y un colegio universitario. El sueño de Cortés era crear una gran nación a imagen de España, con fuerte espíritu mestizo, y para ello debía formar en la propia tierra mexicana la clase dirigente del futuro.
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