HABLEMOS DEL LENGUAJE

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Por Emilio Martínez Paula

El colombiano José María de la Con­cepción Apolinar Vargas Vila Bonilla, (1860-1933) uno de los escritores más conocidos de su tiempo, sin embargo, Mañach, el gran estilista cubano, un sabio en toda la extensión de la palabra, ponía como ejemplo de los escritores que escribían en mal español, pero gana­ban fama por lo que decían. Vargas Vila era de ideas muy particulares y atacó al clero, y denunció las dictaduras de su época, pero nada de esto viene al caso. Lo que nos interesa es hablar sobre los escritores que importantes o no, famo­sos, con razón o sin ella, dejan un rastro y graban sus nombres y son populares y admirados todavía. Cuando Vargas Vila pasó por La Habana, mi padre, Norber­to Martínez Collado, con un grupo de jóvenes que les interesaba la literatura, lo fueron a conocer. Les causó grata im­presión, sobre todo porque les contó su encuentro en New York con José Martí, al que describía en la tribuna en forma impresionante: “Voz suave, grave, ex­trañamente musical. Frente espaciosa. La boca oculta tras los mostachos lacios, caídos sobre los labios elocuentes, para ocultarlos como el álveo de un gran río entre los jarales ocultos. Bajo ellos los ojos tristes. La tribuna trasformaba a Martí. Al poner los pies en ella se agi­gantaba. Se erguía como una flecha. La sonrisa desaparecía de sus labios. La expresión de su boca no se hacía mala, pero adquiría un rictus de severidad. El brazo derecho llevado hacia atrás, colo­cado sobre los riñones, como si ocultara el carcaj repleto de flechas, la izquierda levantada, como si fuera a clavar en tierra una bandera; o como si trazara el itinerario al vuelo de sus metáforas, que eran como un vuelo de acciones sobre el mar, la extendía luego hacia adelante como si marcara el Camino de la Victoria a las Huestes Invisibles. Cuando llegaba el momento del Apóstrofe vibrador, el brazo oculto aparecía enhiesto como un asta en la que flotara la bandera de Cuba libre amparando la tumba de los muer­tos y llevando al combate las legiones de los vivos, la voz se hacía tronitante, y flotaba en el aire la metáfora final.
Vargas Vila no escribiría en buen español, pero su descripción del Martí que oyó y vio personalmente es muy elocuente. No hemos leído nada superior.
Pero Vargas Vila tuvo momentos de mal gusto como cuando escribió: “Iba un académico montado en otro burro”. Pero esto es agua pasada que no mueve molino. Sin embargo, aún hay muchos que admiran al escritor colombiano y esto hay que te-nerlo en cuenta, aunque era un detractor de la Academia de la Lengua Española, como lo fue Miguel de Unamuno, uno de los pocos vascos que ha dejado una huella en la historia.
No es difícil poder percibir que las academias, todas las academias, tienen una pata coja: son organizaciones mane­jadas por el hombre, ese animal feroz que destruye a los de su propia especie y que por error creó El Gran Arquitecto del Universo. Podemos sacar a colación que la RAE también ha tenido sus mo­mentos de vacilaciones. Nunca tuvo muy en cuenta a José Ortega y Gasset, que se elevó a la cumbre del pensamiento es­pañol, por sus ensayos sobre lo humano y lo divino, y creó el Racio Vitalismo, la única escuela filosófica que ha produ­cido España.
Ortega dijo, entre otras sentencias importantes: la claridad es la cortesía del filósofo. Y pudimos aprender algo sobre la filosofía con la lectura de El Tríptico, con el que Ortega y Gasset hace fácil entender el quehacer filosófi­co, que según me parece es la forma más inteligente de perder el tiempo. Llegué a esa nada original conclusión luego de leer La Historia de la Filosofía de Jaime Luciano Balmes.
Pues bien, la RAE, la máxima au­toridad para opinar y determinar sobre los misterios de la insípida gramática no invitó a Ortega y Gasset a formar parte de esa docta academia, al no aceptar su manejo de la sintaxis.
En mi caso, generalmente escribo lo mejor que puedo. Y cuando escribo mejor de lo que puedo, algunos creen que soy un buen escritor.
Sin embargo, no estoy de acuerdo con algunos de mis últimos artículos escritos a “vuela pluma”, o “a vuela computadora”, en quince o veinte minutos, los miércoles, al cierre de la edición.
Aunque he dicho que no soy nada más, ni nada menos, que un periodis­ta, un viejo aprendiz de periodista, tengo que aceptar ciertas responsabili­dades como miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Del Pen Club y de media do­cena de organizaciones del mundo de las letras. Y por consideración con mis lectores.
En este trabajo escribi­mos sobre Vargas Vila que, según la opinión de algunos puristas de la lengua escribía en mal español, pero que ha ganado fama y muchos lo recuer­dan con admiración.
Terminé mi trabajo y se lo envié al profesor Rafael E. Saumell, que es un excelente corrector de estilo, que es­cribe en tersa prosa, con una reconocida presencia en la literatura por sus libros y cuentos.
Saumell, ni corto ni perezoso en unos minutos me devolvió mi artículo con valiosas observaciones, escritas en buen español.
El profesor Saumell se dejó llevar por el lema de la Real Aca­demia de la Lengua Española (RAE) que con orgullo tiene por lema: “limpia, pule y da esplendor”, como si Saumell fuese un lustrador de mis muebles pe­riodísticos.
Pero, siempre hay un pero, como estábamos en el “cierre” del periódico, listo para mandarlo a la imprenta, olvidé revisar el artículo con las correcciones que Rafael Saumell se atrevió a hacerle, enmendándole la plana al director. Perdí la oportunidad de dar a los lectores un trabajo mejor.
Bien, lo prometido es deuda: hable­mos del lenguaje que lo construimos en­tre todos y lo maltratamos entre todos.
Por otra parte cuando doy a cono­cer algunas ideas estoy interesado en escuchar otras opiniones, presto para el debate.
En el presente trabajo dejamos constancia de nuestra admiración por Ortega y Gasset y su defectuosa sin­taxis.
Agregamos que la filosofía es la forma más inteligente de perder el tiempo; que las academias, todas las academias, tienen en sus entrañas los celos y pequeñeces que empañan el alma humana. Que el Gran Arqui­tecto del Universo, como llaman a Dios los masones, cometió un grave error al crear al hombre, el animal más feroz que habita el planeta tierra. Ahí hay mucha tela por donde cor­tar.
Volveremos sobre el tema.

Nota: cuando se pule demasiado un escrito suele quedar un tanto reseco. Es mejor caer por la prisa que por el rebus­camiento.

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