HABLANDO PARA PASAR UN RATO

Por Emilio Martínez Paula Dicen los sabios y las personas de mucho talento que los que no son capaces de reírse de sí mismo son unos tontos, pero la verdad es que no son muchas las oportunidades en que una persona pueda tomarse el pelo a sí mismo, reírse de sí mismo. Pero veremos.

0

Por Emilio Martínez Paula
Dicen los sabios y las personas de mucho talento que los que no son capaces de reírse de sí mismo son unos tontos, pero la verdad es que no son muchas las oportunidades en que una persona pueda  tomarse el pelo a sí mismo, reírse de sí mismo. Pero veremos.
Como no pertenecemos al grupo un tanto exclusivo de eso seres excepcionales, no nos reiremos de nosotros, pero contaremos algunas tonterías: la primera vez que estuve en París, haciendo de turista, visitamos, de pasada, la tumba de Napoleón, héroe nacional de Francia, no sé por qué  pues Napoleón ni nació en Francia, nació en Córcega,  y cuando llegó a ese país no sabía hablar francés. Además traicionó la Revolución Francesa, aprovechando que Robespierre, llamado el “incorruptible”,  que la Revolución Francesa  nombrara a Napoleón, un hombre de apenas cinco pies de estatura,   jefe del ejército, del que en ese momento era un simple oficial, posición que cumplió bien, y adquirió fama debido a sus éxitos como militar, derrotando a los ejércitos de varias monarquías  que invadieron a Francia para salvar la vida de Luis XVI y devolver a Francia al conjunto de monarquías de la época. La técnica de Napoleón era pelear cinco a uno, estando los cinco a su favor, lo que al final no le impidió salir corriendo cuando perdió la famosa batalla de Waterloo, al perder el contacto con el general que mandaba la tercera parte de su ejército, que regresó a París intacto.
Visitando, como lo hacen casi  todos los  que van a París, el Palacio del infeliz Luis XVI y la Reina María Antonieta, a los que la Revolución Francesa  mandó a decapitar, escuché decir a un señor: Mira cómo vivían esos reyes, en Palacios lujosos, mientras el pueblo pasaba necesidades.
Un tanto metido a quijote y molesto por no sé qué le dije al tipo en buen español: Mi amigo si no fuera por los que crean palacios y monumentos  París sería una aldea, como otra cualquiera, y ni usted ni yo estaríamos aquí. El tipo no se calló y siguió haciendo comentarios con la señora que estaba a su lado y mirándome con mala cara.
De todos modos como estaba acompañado de mi hija Fefita, de mi nieta Jasmín y de mi hijo Carlos que cumplía en esos días los veinte años,  y la pasábamos muy bien, no dije más nada. En París, por los menos siempre que lo he visitado, la gente no es muy agradable y si uno no habla bien francés se molestan si le piden una dirección. De todos modos buscamos un taxista para regresar al hotel, pero nosotros éramos cuatro posibles pasajeros y ellos sólo aceptaban tres, en el asiento de atrás, no eran taxis con suficiente espacio.Como estábamos en un lugar que no conocíamos muy bien, ni siquiera muy mal, se me ocurrió insistir y al fin un taxista, con el que me pude comunicar aceptó sentar a tres atrás y yo delante. Dada la dirección salimos rumbo a mi hotel y hablando en mal español le dije, precisamente al que me estaba haciendo un favor: los taxistas de París son mierda, mierda, lo que dije en forma festiva. Pues bien, nuestro hombre, el buen taxista, le gustó la palabrita: y empezó a cantar: ¡Mierda, ¡Mierda! ¡Mierda! Bueno, se ganó una buena propina, como era de esperar. Al otro día salimos rumbo a Madrid, en tren, muy cómodo y como el viaje tardaría unas 10  ó 12 horas, decidimos alquilar coche dormitorio, que tenía una cama aceptable, pero el baño afuera. Como antes habíamos visto en alguna película a la hora de comida fuimos al restaurante del tren, servido por camareros vestidos de etiqueta. Estas cosas, que parecen un lujo, cuestan un poco más, pero vale la pena. Terminada la excelente comida se me ocurrió ir al bar que no era otra cosa que un vagón del tren. Luego de poner en aviso a mi hijos y mi nieta, que podían pedir todo, pedí una copa de vino rojo, del más barato, le dije sonriente, más bien bromeando,  al bartender. Señor, me respondió, le propongo una botellita del mejor vino de España, al precio de un dólar. Ok, le dije. Tomé un par de tragos y me pareció excelente. Me tomé la pequeña botellita, calculando que no contenía  unas dos copas y que tenía toda la noche para dormir y además que la tomé poco a poco. Aparecieron en la escena un grupo de jóvenes, un tanto bulliciosos, como casi siempre son los jóvenes, que alborotaban hablando en español.
Había ambiente de fiesta, y en un extremo tres parejas de estadounidenses, y siete u ocho tranquilos bebedores, supongo que de vino u otro licor. Y como el lugar me puso alegre y el día era un sábado, ya de noche, se me ocurrió decirle al hombre que estaba tras el mostrador, el mago de las botellas:    No les diga que soy el que invita, pero dígales que el que quiera una botellita de vino rojo están invitados, pero eso sí, una sola botella aunque quieran pagar otra, pues todos, jóvenes, metidos en un tren toda la noche, corren serio peligro de emborracharse. El bartender no ofreció nada, se limitó a ponerles vino a todos los presentes. Las parejas de estadounidenses, un tanto mayores de edad, como siempre hacen los americanos cuando no hablan español, se mostraron amables y dieron las gracias.
De repente apareció un hombre corpulento de vestimenta un poco inusual: El hombre, sonriente, le dijo al hombre que vendía los vinos: “Oye, Pepe, me han dicho que aquí hay un caballero que regala botellas de vino, con mucha alegría. Le dije que sí, que yo lo invitaba. Se sentó a mi lado, era, nada menos ni nada más, que el responsable del tren, que había puesto el tren en automático. Me dijo que como era un viaje largo siempre eran dos los responsables de estar toda la noche cuidando el camino. En total la inesperada invitación a tomar vino, apenas me costó 18 dólares, palabra mágica, dólares, que abre todas las puertas. Al fin llegamos al hotel. Dejé a mis hijos y nieta que se fueran a conocer Madrid y me fui a una corrida, la que anunciaban como algo especial que “había un toro muy bravo”.
Y efectivamente salió al ruedo un toro medio asustado, mirando asombrado para todas partes. El infeliz animal no se podía explicar todo esto. Aparecieron unos hombres a caballo, que empezaron a lastimar y tratar de enfurecer al toro. Luego le dieron  unos cortes sobre el lomo para que no pudiera  levantar la cabeza y poder mirar bien al torrero. La escena, el toro ya un tanto enfurecido, y el torero en traje de luces, una figura que a mí me pareció más bien femenina y el toro, bien macho. El torero se acercó con cuidado al toro y moviendo un trapo rojo, lo invitaba a que atacara, el pobre animal embestía y la muchedumbre, estúpidamente, gritaba ¡Olé!
Como todo aquello me pareció  brutal, y tuve la tonta idea, mirando a un caballero español que estaba, sentado  a mi lado, de comentarle: Esto es brutal, mientras haya corridas de toros es que no estamos civilizados. Para que fue aquello: el hombre me contestó indignado: ¡Váyase al carajo, imbécil! Largo de aquí. Otro que también escuchó mis palabras también me insultó. Ante tantas amenaza y temiendo que aquello acabara a golpes, en los que yo también tendría que pelear, y para no perder la pelea y salir con un ojo hinchado, me largué del lugar. Pero sigo pensando lo mismo: Mientras haya corridas de toro es señal de que no estamos civilizados. Como también digo: mientras haya peleas de boxeo: dos hombre matándose a golpes para ganar dinero, es señal de que no estamos civilizados.
Y a muchos de los que no han acabado de leer todo esto, les parecerá un cuento pesado.

NO COMMENTS

LEAVE A REPLY