EN MIS AÑOS DE JUVENTUD EN CUBA

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Por Emilio Martínez Paula

Contemplando un mundo en medio de guerras y ataques terroristas donde la cuenta de muertes y  asesinatos espantosos, le ponen los pelos de punta a cualquiera, sin que quisiéramos hacernos de la vista gorda y no enfrentar los problemas, vamos a olvidarlos por unos días.
Sugiero, en primer lugar que cada uno diga y piense lo que le da la gana. Al final se nos perdonará si no parecemos muy serios, pero intentaremos que nos ayuden a matar el tiempo y contribuir a esperar las celebraciones de fiestas patrias y más de este año, que son días en los que hay que estar alegre o parecerlo. Y reunirse con mucha gente si le gustan o no.
Mientras, por ahora,  no se me ocurre nada más que repetir cosas que posiblemente ya las he dicho más de una vez, pero tal vez los lectores ya no las recuerden, además se pueden desquitar contestándome sobre ellas.
¿Sobre qué puedo hablar mejor que de cosas de mi juventud, en Cuba?
Contemos sobre el piropo, que el diccionario define como alabanza de un hombre a una mujer, requiebro. Bueno, sea lo que sea uno que recuerdo era. “Chiquita, si cocinas como caminas me como hasta la raspita”.  “Habían otros: “Bendita sea la madre que parió una hija tan bonita”.
Y así unos más inteligentes y otros no, pero son la expresión de admiración del hombre por la mujer, la sal de la vida. Y como dijo José Martí: a la mujer no se le lastima ni con el pétalo de una rosa. También dijo: “Quiero a la sobra de un ala contar este cuento en flor, la niña de Guatemala, la que se murió de amor”.
Y otro: “De mujer bien puede ser que mueras de su mordida, pero no empañes tu vida hablando mal de mujer”. También dijo: “He visto vivir a un hombre con el puñal al costado, sin decir jamás, el nombre de aquella que lo ha  matado”. Pero contemos algunas cosas un tanto chabacanas, pero pintorescas: “Óyeme tú, eso está al cantío de un gallo”. Que equivale a decir muy cerca. Y otro que no tiene sentido ni se puede entender: “Eso está más lejos que el culo del perro”. Yo no entendí nada, pero así hablan algunos fulanos, pero nunca he visto a un perro hablar  esos disparates. Otro disparatado: ¡Qué si Cirilo monta en yegua!, es para afirmar que lo que se dice es la verdad y solo la verdad.  “Esa es la mujer que me da donde me duele”, una expresión muy cubana para decir que está muy enamorado.
También me viene a la mente que en los días navideños los teatros de La Habana daban a conocer el Don Juan Tenorio, un ripio poético. También había en La Habana, en el barrio chino, un teatro llamado EL SHANGHAI, muy popular al que solo admitían entrar a mayores de 21 años, pero si pagabas la entrada se hacían de la vista gorda.  Claro que no era nada serio y en algunos momentos un tanto vulgar, pero los jóvenes les gustaba ir al SHANGHAI, que cuando en los teatros serios ponían  el Don Juan Tenorio, el SHANGAI hacía una parodia: El Don Juan Tenorio y el Don Luis Jutía. Jutía se les llamaba a un tipo cobarde.  Como en esos se celebraban los días de carnavales, las muchachas aprovechaban la ocasión y les encantaba que uno las invitara a ir al SHANGAI, para lo que se cubrían la cara con unos antifaces propios del momento, para que no se les reconociera fácilmente.
Había una escena que estremecía a las muy jóvenes. Era en la que Doña Inés le decía a Don Juan: “Por favor Don Juan, la puntica nada más, recordad que soy doncella”. Y Don Juan le respondía: “Nana, nada, toda ella y lo otro además”. Aquí la niña se estremecía y se abrazaba al galán, que aprovechaba para robarle un beso, que ella regalaba con placer.
Y ya que estamos en el barrio chino de La Habana, recordemos que se decía,  era de unos cien mil chinos, dueños de magníficos restaurantes, entre ellos El Pacífico, que recuerdo que tenía un elevador en el que apenas cabían tres personas, y el comedor estaba en el  segundo piso. El Pacífico era famoso porque allí comían personajes famosos como Ernest Hemingway, y otras celebridades. Ahora recuerdo una broma de un amigo, teniente de la marina, que su barco había participado en el hundimiento de un submarino alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Escandel, que así se apellidaba mi amigo, una vez nos invitó a comer en el Pacífico a tres amigos, y él cuatro.
Comimos y bebimos como grandes señores, pero ya terminando la comida Escandel se levantó, iba a decir de la mesa, como generalmente se dice,  pero rectifiqué a tiempo y digo de la silla, y al parecer se dirigió a hacer alguna necesidad como las que  producen tomarte dos o tres cerveza. Pasó el tiempo “y pasó un águila sobre el mar”, y tras de esperar  un tiempo más o menos comprensivo y el amigo no aparecía y nos presentaron la cuenta de lo comido y bebido y, claro está, la tuvimos que pagar. Cuando salíamos del Pacífico vimos a Escandel muy contento de su pesada broma, y no le aceptamos que nos devolviera los gastos de la comelata.
Y ya que hablamos de los chinos en Cuba, recordemos que los chinos pelearon, y pelearon bien, durante la Guerra de Independencia de Cuba y en La Habana existe un monumento que reza: NO HUBO UN CHINO TRAIDOR NI HUBO UN CHINO DESERTOR.
El barrio chino era tan populoso que  publicaban  tres periódicos diarios, escritos en idioma chino.
Los chinos  abastecían a La Habana de frutas fresca, platanitos, naranjas, fruta bomba, mangos, piñas y otras. También   vendían bollitos de carita y otros sabores que eran deliciosos, y una sardinitas muy pequeñas que freían muy bien eran muy sabrosas que se llamaban manjuitas.
También los chinos controlaban las lavanderías y recuerdo al chino Juan que iba a mi casa a recoger y traer la ropa que ellos se especializaban en lavar bien, hablando en mal español pero muy agradable.
Bien, para poner punto final a estos unos tontos y otros valiosos comentarios a todos les deseamos  una feliz, que haya paz en el mundo y que no les quiten lo bailado, aunque en honor a la  verdad desde que el mundo es  mundo, por la ambición de algunos seres miserables, siempre hemos estado en guerras.

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