EN LOS TIEMPOS QUE YO LEÍA LA BIBLIA TODOS LOS DÍAS

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Por Emilio Martínez Paula

En esos tiempos no era yo muy católico precisamente, pero en 1964 llegamos a Cayo Hueso, en los Estados Unidos, y después de algunos interrogatorios por el inquisitorial FBI nos metieron, pro­visionalmente, en una cómoda prisión. Allí pasé cerca de un mes comiendo a cuerpo de rey, pero preso. No podíamos hacer llamadas por el teléfono pero sí permitían que nos llamaran.
Un barco de la marina esta­dounidense nos había recogido a unas millas de las costas. Nos trataron afectuosamente. Al desembarcar las cámaras de la televisión nos hicieron noticia. En aquellos días los riesgos de escapar de Cuba en forma clandestina era ju­garse la vida.
Realmente formábamos un grupo que se había robado un barco en el río Almendares, en la Habana. Pero tenga cuidado: las leyes han cambiado y si usted se roba cualquier cosa de las que la tiranía se ha robado, se puede podrir en una cárcel estadounidense.
Sin embargo, nuestro optimismo nos hacía creer que éramos unos patrio­tas: Listos para volver a Cuba con los rifles en las manos.
La rutina diaria era, para mi per­sona, una entrevista con un agente del mencionado Buró Federal de Investigaciones conocido por sus siglas como el FBI, al filo de las diez de la mañana, luego del clásico desayuno americano con un par de huevos, jamón y tocinetas, mojado en un sabroso jugo de naranjas.
En general nos hacían preguntas tontas, y hasta absurdas: ¿qué hacía usted en 1936? –Bueno, hacerle la vida imposible a mis padres, pues era un niño detest­able, tan detestable que estudié parte del bachillerato en un colegio donde me levantaban a las cinco de la mañana. A las cinco de la tarde había que bañarse con agua fría. A las 8 y media ni radio ni conversaciones, a la cama.
En nuestra prisión preventiva varios grupos jugaban dominó, otros podían practicar pin pon o jugar a la pelota, pero no había un solo libro en la inmensa sala. Algunas revistas llenas de tonterías. Y la Biblia.
Y así comencé a leer el apa­sionante libro, tan apasionante que en una conferencia donde expuse mis ideas a un grupo de bibliotecarios dije que si en el mundo, por arte de magia, sólo quedaran disponibles diez libros, el primero que yo sal­varía sería la Biblia.
Mi lectura de las Sa­gradas Escrituras me per­mite comprender la vida e interpretarla un tanto a mi manera. Como dato curioso, en los días que estaba preso, cuando mi amigo Víctor de Yurre me llamaba para darme ánimos, yo vociferaba imprope­rios contra esto y lo otro. Uno de los guardias, filipino, que hablaba un poco de español, me dijo: Mire yo he notado que usted es un hombre religioso que lee la Biblia constantemente, por eso le digo que tenga cuidado con lo que usted habla por teléfono pues sus conversa­ciones son grabadas y las pueden usar en contra de usted.
Quise traer a colación estas experiencias personales, por ser un tema con un toque un tanto religioso y en estos días, el mundo se prepara para celebrar una de las fiestas religiosas-cristianas, más importantes del mundo: El Nacimiento del Niño Dios, lo que constituye el verdadero sentido de la Navidad.
Durante mis lecturas bíblicas, puedo decir que disfruté los relatos relacionados con el advenimiento del hijo de Dios a la Tierra y todos los eventos que rodearon el antes y después de su nacimiento, a pesar de mi poca religiosidad, pero sí tengo que reconocer que el nacimiento de Jesús y su peregrinar por la Tierra, partió el mundo de los humanos en dos con una simple frase: amaos los unos a los otros.
Bien, por hoy dejo estos nada origi­nales comentarios Tengo que ir a ver al médico, pues no puedo caminar bien por un golpe que recibí en la rodilla iz­quierda. Los que desean que me ponga bien les doy las gracias. Los otros que sigan perdiendo su tiempo. Y para terminar, deseo a todos nuestros lectores que celebran y recuerdan el nacimiento del Niño Jesús, una Feliz Navidad y Año Nuevo. ¡Disfruten en familia!

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