EL FUSILAMIENTO DE LOS OCHO ESTUDIANTES DE MEDICINA

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Por Emilio Martínez Paula

Capítulo I

Es posible que más de medio siglo de tiranía haya logrado silenciar un tanto el 27 de noviem­bre que en Cuba era un día de duelo nacional. Toda la isla recordaba el espantoso com­portamiento de los 35.000 “voluntarios” españoles que se habían apoderado de La Habana y mantenían aterrorizada a la población, sobre to­dos a los cubanos.
Para recrear los mo­mentos vividos ese 27 de noviembre de 1871, vamos a situarnos en el tiempo que vivía la isla de Cuba. En 1871 hacía tres años que se com­batía en los campos de Cuba, en la llamada Guerra Grande, en la que los cubanos bajo la inspiración de Carlos Manuel de Céspedes, el padre de la patria, se batían en la manigua redentora con éxito. Los mambises eran incontenibles en Oriente, pese al poderoso ejército que mandaba el Conde de Valmaseda.
En noviembre de 1871 hacía un mes que Igna­cio Agramonte había logrado el rescate del Coronel Julio Sanguily al atacar y destrozar una columna española que lo llevaba prisionero.
Estos acontecimientos no podían alegrar al cuerpo de “voluntarios” que se había creado para mantener el orden en La Habana y el Ejército pudiera combatir a los patrio­tas en los campos de Cuba.
A medida que la guerra se prologaba los odios entre cubanos y españoles crecían.
En 1870 Gonzalo de Castañón editaba en La Ha­bana el periódico La Voz de Cuba. Y en uno de sus artícu­los ponía en duda la honradez de las cubanas del exilio. La respuesta no se hizo esperar y en El Republicano un periódi­co cubano que se publicaba en Cayo Hueso llamó a Casta­ñón cobarde y recordándole un incidente en el que éste había sido abofeteado.
Castañón no tuvo más remedio que embarcarse para Cayo Hueso acompañado de sus dos padrinos y un médi­co.
En Cayo Hueso retó a un duelo al director del Republi­cano, Juan María Reyes.
Comenzaron las entre­vistas para que ambas partes, retador y retado, tuvieran el encuentro. Pero en medio de las conversaciones se produjo un intercambio de dis-paros en el que resultó muerto Casta­ñón. Se acusa de su muerte al cubano Mateo Osorio. El en­tierro de Castañón trajo como consecuencia que los “Volun­tarios”, en distintos incidentes, mataran a siete cubanos y a un norteamericano.
Los “voluntarios” eran gente resentida, fáciles de soliviantar, que laboraban en bodegas y almacenes en trabajos inferiores y mal pa­gados, trabajando doce o ca­torce horas diarias.
Esto los llevaba a odiar a los hijos de cubanos, y tam­bién a hijos de españoles, que vivían bien y sus padres les podían pagar los estudios.
Lo que colmó la copa fue el incidente que ocurrió de improviso en 1871. Precisamente el jueves 23 de noviembre, que coincidencialmente este año 2017 también cae un jueves. Hacía unos días que había comenzado el curso y los estudiantes de medicina acudieron a la clase de anatomía, que se había suspendido hasta las tres de la tarde. Estas prácticas no se hacían en la Universidad situada en OReilly y San Ig­nacio, se hacían en la antigua Casa de Locos que ahora se conocía como San Dionisio, situada al lado del Cemen­terio de Espada y muy cerca de la entrada de San Dionisio. Y claro los estudiantes deci­dieron entrar en el cementerio y comenzaron a jugar con el carro que transportaba a los muertos.
Empezaron a dar vuel­tas por la pequeña plaza que había en el cementerio, con el consiguiente ruido y la gritería de jóvenes que los había desde catorce años 16, 17, 20, 21 años de edad, que en esos tiempos les permitían estudiar medicina.
Este alboroto molestó a Vicente Cobas celador del cementerio, que nada bueno esperaba de aquellos mucha­chos, de los que en muchas ocasiones debió haber sufrido maldades y burlas como po­siblemente les había pasado a otros celadores de aquel ce­menterio.
Aunque no se enfrentó con los muchachos majade­ros, Vicente Cobas le informó al Gobernador Político Dio­nisio López Robert que los estudiantes hasta se habían atrevido a coger flores del ce­menterio.
Dionisio López Robert se presentó en el lugar acom­pañado con el inspector de policía Manuel Araujo.
Inmediatamente se di­rige al capellán Mariano Rodríguez Armenteros, el que al ser interrogado sobre lo que había ocurrido responde que nada sabía al respecto.
-Cómo nada, si el celador me ha informado que los estu­diantes han rayado el cristal de la tumba de don Gonzalo Castañón.
-Esas rayas están cubier­tas por el polvo y la humedad, respondió el sacerdote. Es­tán ahí desde hace mucho tiempo.
La respuesta del capellán le costó que tres días después fuera separado de su cargo.
No conforme con las declaraciones del capellán Rodríguez Armenteros, el Gobernador Político se dirigió a la Universidad dispuesto a acusar y detener a los estudiantes que en esos momentos estaban recibiendo clases de anatomía del profe­sor Juan Manuel Sánchez de Bustamante. López Robert habló aparte con el profesor acusando a los estudiantes de un acto de profanación. Sán­chez de Bustamante le dijo que él respondía por la con­ducta de sus alumnos. Que ninguno de ellos era capaz de cometer actos de esa naturale­za. López Robert insiste y el profesor le responde que tenía que llevarse a él preso antes que a sus alumnos.
Aquí es bueno aclarar que López Robert era un su­jeto de mala reputación, capaz de exigir dinero para dejar en libertad a cualquiera acusán­dolo falsamente, aunque este no hubiera cometido delito. Y seguramente pensó que acusando a los estudiantes lograría que los padres paga­ran por dejarlos libres. Este acto de simple intento de ro­barles el dinero a los padres de los estudiantes terminó en un horroroso crimen.
Continuará en el próximo número.

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