EL FUSILAMIENTO DE LOS OCHO ESTUDIANTES DE MEDICINA

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Por Emilio Martínez Paula

Capítulo III

Sin dudas, el principio de autoridad es ignorado. Los generales Venenc y Clavijo que tratan de aplacar a los “voluntarios” sedientos de sangre, fueron vejados y encerrados en el hospital de la cárcel,
Cuando el Gobernador López Ro-bert trata de entrar en el edificio lo llaman ladrón y es rodeado por un grupo de “volun­tarios” que lo empujan y le hunden el sombrero. Lo atacan con una bayoneta, que no lo alcanza gracias a que fue desviado por el sable del coronel Herrera Sancibrián que intenta imponer el orden. Fermín Valdés Domínguez comentando el final del juicio dice: “Entre la vocería continua e incansable ter­minó el primer consejo que nos condenaba a las penas que, aceptando que habíamos cometido la profanación hubiera impuesto el Código”.
Tan pronto como se supo el dictamen los vo-luntarios comenzaron amenazas contra el Consejo: ¡Muera el Consejo! ¡Mueran los traidores! ¡Mueran los estudiantes!
Los jefes de Voluntarios comenzaron a ejercer presión sobre el general Crespo, diciéndole que para evitar una matanza, había que tener en cuenta lo que pedían los voluntarios. Miles de ellos habían ocupado la Plaza de Armas, y muchos estaban bo-rrachos.
El gobernador interino se pliega ante las demandas de los voluntarios y decide formar un nuevo Consejo de Guerra.
El nuevo Consejo de Guerra estaba formado esta vez por seis capitanes del Ejército y nueve de capitanes de los volun­tarios lo que podían impo-nerse como la mayoría.
Les informan a los estudiantes que se ha formado otro Consejo de Guerra y les pidieron a los jóvenes que designaran un defensor, lo que tuvieron que hacer de una lista de abogados sin que ellos conocieran a ninguno.
Se sabe que el teniente Ventura Olabarría del primer batallón de voluntarios, que era además el tutor de los hijos de Castañón, en compañía del capitán de su compañía se presentaron en el Cementerio de Espada. No encontraron nada anormal. La tumba de Castañón estaba intacta. Regresaron y trataron de hablar con sus compañeros para explicarles que no había ocurrido nada. Tuvieron que salir corriendo y esconderse.
Los estudiantes son sacados del calabozo y situados en fila para ser interrogados. Todos ratifican sus declaraciones previas. Les preguntan si alguno tiene una sortija o anillo con brillante, para culparlo de haber rayado la tumba de Castañón. Carlos Verdugo acepta que él tiene un anillo con brillantes. Fue separado del grupo y enviado a bartolina.
Se rumoraba que el “Tocho”, español, capitán de volun­tarios, y muy rico, ofrecía 100.000 pesos a quién salvara a su sobrino Alonso Álvarez de la Campa. Pero los voluntarios se oponían a esta posibilidad y atormentaban al joven estudiante dicién-dole que ni el “Tocho” con todo su dinero podría sal­varlo.
Esta situación pone en claro que el odio almacenado en el alma de los “voluntarios” era tanto contra los cubanos como con­tra los españoles adinerados para los que tenían que trabajar.
Todos los estudiantes que estaban en bartolina reafirmaron con dignidad su declaración de inocencia.
Para ganarse el favor de los “Voluntarios” una declaración de la prensa de La Habana en la que exponían: “La justicia tiene el deber de castigar a los criminales, y un Consejo de Guerra, compuesto de doble número de Capitanes, mitad pertenecientes al Ejército y mitad a los cuerpos de “voluntarios” impondrán la pena que merecen los perpetradores del delito; la moral los condena, la historia los llamará asquerosas hienas, los españoles sólo sabremos despreciarlos”.
El Casino Español también pidió “un castigo proporcionado al agravio del agravio.
Hasta el medio día permanecieron los detenidos de pie en el corredor. Después fueron conducidos a la jaula. Durante el trayecto pudieron saludar al catedrático de disección, Domingo Fernández Cubas, retenido allí por defender la inocencia de sus alumnos.
Los abogados designados para defender a los jóvenes se reúnen con ellos y les dejan saber que la situación es muy grave y que ellos no pueden hacer nada. Dejan en libertad a Octavio Smith de catorce años, por gestiones hechas por el Rector del Colegio de Belén donde se había graduado Smith a los trece años. También libre a Idelfonso Alonso y de la Masa, español y miembro del cuerpo de voluntarios.
A la una de la tarde el Consejo está listo para dictar sentencia, pero intentan apaciguar a los vo-luntarios. Con este propósito sale de la cárcel una comisión proponiendo a los cuerpos de “volunta-rios” llegar a “un acuerdo”. Tras el toque de corneta le proponen a los vo-luntarios el fusilamiento de un estudiante y el resto a presidio. Los voluntarios respondieron con una gritería y voces pidiendo la muerte del Consejo. Otra vez el toque de corneta, proponiendo dos fusilados pero las voces de los descontentos se sintieron cada vez más violentas.
Esta bochornosa y triste escena se repitió hasta que al fin fueron aceptadas ocho penas de muerte.
El Consejo tenía siete estudiantes en bartolina, necesitan uno más. Deciden elegir por sorteo otra víctima y sale el nombre de Esteban Bermúdez, hermano de Anacleto Bermúdez que ya estaba condenado. Aunque a los que se sometieron a este ruín proceso hay que darle el beneficio de la duda y pensar que estaban obligados para evitar males ma-yores, hay que reconocer que tuvi­eron sus momentos en que no eran partidarios del ensañamiento. Pensaron que era demasiado para una familia perder a dos de sus hijos y repiten el sorteo. Sale el nombre de Eladio González que es enviado inmediatamente a bartolina.
Terminado este cruel y cobarde procedimiento se firman las sentencias. Una delegación presidida por el capitán de voluntarios José Gener es auto-rizada por el Consejo para que notifique al general Crespo de la sentencia y obtenga su autorización para ejecutarla.
Una vez que el general Crespo firma la auto-rización, abo­chornado tal vez por su situación de un militar español que se somete a los deseos de una jauría de criminales, el capitán de voluntarios José Gener sale a uno de los balcones del Palacio y en medio de un absoluto silencio leyó: “De acuerdo con el presente dictamen apruebo la sentencia del Consejo de Guerra verbal pronunciada en este proceso por la cual se condena a Don Alonso Álvarez Gamba, Don José Marcos Llera, Don Carlos Augusto Latorre, Don Eladio González Toledo, Don Pascual Rodríguez y Pérez, Don Anacleto Bermúdez, Don Ángel Laborde y Don Carlos Verdugo a ser pasado por las armas .
Los demás estudiantes fueron condenados a seis años de presidio.
Continuará el próximo número

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