EL FUSILAMIENTO DE LOS OCHO ESTUDIANTES DE MEDICINA

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Por Emilio Martínez Paula

Capítulo II

El Gobernador Político López Robert en compañía de varios policías y de algunos “voluntarios” se presentó en la clase de anatomía del doctor Pablo Valencia junto con el capitán de “voluntarios” Felipe Alonso, que había acompañado a Castañón a Cayo Hueso en el viaje que le costó la vida a éste. En ese momento asistían a las clases 45 alumnos.
El doctor Valencia recibió al Gobernador con extrema cortesía, permitiéndole que ocupara el asiento que correspondía a los profesores.
López Robert, sin mediar ninguna palabra para dirigirse a los estudiantes preguntó: ¿Quién es al autor de los desmanes ocurridos en el cementerio?
Los estudiantes guardaron silencio extrañados de la pre­gunta, hasta que uno de ellos, Anacleto Bermúdez, le pidió a López Robert que explicara su pregunta y que les dijera a qué desmanes se refería.
Ante los asombrados muchachos López Robert dijo: -La lápida de Gonzalo de Castañón ha sido rota y sus huesos extraídos y profanados. Que el capellán no declaraba porque lo habían amenazado de muerte.
El alumno Carlos de la Torre le respondió que dijera quién es el culpable que él debía conocerlo pues de lo contrario tenían que pensar que estaba mintiendo.
El Gobernador respondió: -Si ustedes no dicen quién ha sido, todos irán a la cárcel. Y pagarán justos por pecadores.
Todos los estudiantes protestan y dicen que entre ellos no hay nadie capaz de cometer semejante delito.
El doctor Pablo Valencia en vez de de­fender a sus alumnos, les pide que digan cuál es el culpable, por lo que su nombre pasa a la historia como un miserable.
El Gobernador les dice: -Pues bien, si ustedes dicen que ninguno ha cometido el crimen todos irán a la cárcel, donde tendrán tiempo de pensar y decir quién es el culpable.
Inmediatamente comenzó a tomar declaraciones a los cuarenta y cinco estudiantes. El primero en declarar fue Carlos de la Torre, que se mantuvo firme al negar la profanación. Esto hace que el Gobernador se haga el ofendido y lo envía a la cárcel inmediatamente. El siguiente es Pascual Rodríguez que también niega que ninguno de ellos haya profanado la tumba de Castañón, por lo que también es enviado a prisión.
El capitán de “Voluntarios” Felipe Alonso al inte-rrogar a Alonso Álvarez de la Campa le dijo: ¡Ay Alonsito, ni los millones de tu padre te han de valer para que no te vuelen los sesos! El padre de Alonsito era español y voluntario y un hombre rico, aunque no tanto como su hermano Antonio Álvarez la Campa, conocido como el “Tocho” que era capitán del 5to. Batallón de Voluntarios y también muy rico.
Los interrogatorios continuaron en la cárcel y trajeron como resultado el encierro en el calabozo de Ángel Laborde, José de Marcos y Medina, Anacleto Bermúdez y Alonso Álvarez de la Campa. Los tres primeros porque aceptaron que habían jugado con el carro en que se trasladaban los muertos y el último por aceptar que había arrancado una flor del jardín. Al terminar las declaraciones el inspector Araujo les dijo que él creía que pronto saldrían en libertad tan pronto las autoridades estudiaran el caso.
Los Voluntarios habían programado un desfile y las autori­dades pensaron en suspenderlo, pues sabían que los Voluntarios tenían el plan de pedir la pena de muerte para los estudiantes.
No suspendieron la marcha, pero cambiaron la hora y hablaron con algunos capitanes para que trataran de calmar los ánimos.
Cuando terminó el desfile los voluntarios llegaron cerca de la cárcel y allí terminaron por disolverse. No todos los Volun­tarios se marcharon y más de trescientos de ellos se quedaron en el lugar gritando ¡Mueran los trai-dores! Arengados por el capitán Felipe Alonso, el mismo que estaba con López Robert cuando los estudiantes fueron detenidos.
Alrededor del Presidio entre curiosos y voluntarios de otros batallones ya hay más de mil personas que rodean la cárcel y exigen la muerte de todos los estudiantes. Ante el temor de un linchamiento el jefe de la guardia de la cárcel redobla las guardias y les advirtió que para entrar tenían que pasar sobre su cadáver. Ante esta situación los Voluntarios deciden concentrarse en la Plaza de Armas y pedirle una entrevista al general Crespo. Para tratar de aplacar a los exaltados sale a la Plaza el Coronel Lamelas al que le piden la cabeza de los estudiantes, de los presos en Isla de Pinos y hasta la del general Crespo.
Crespo decide recibir una comisión de voluntarios y según cuenta él mismo “me manifestaron que transcurridas 48 horas desde que la autoridad política había detenido a los estudiantes sin que hubiera entregado las diligencias para que continuaran por un fiscal militar, como debía haberlo efectuado a las 24 horas, se había despertado la desconfianza de los batallones que pensaban que se trataba de salvar a los presos y pedían el inmediato fusilamiento de los 44 detenidos más la formación de un Consejo de Guerra permanente al que someterían a todas las personas sospechosas por su simpatía a la insurrección, que diese orden de que un buque de guerra saliera con dirección a Isla de Pinos y trajera a La Habana a los allí desterrados por el Capitán General para someterlos también al expresado Consejo”.
El lunes 27 de Noviembre el general Crespo sale del apuro accediendo a la formación de un Consejo de Guerra para juzgar a los estudiantes.
Para la defensa es nombrado un joven capitán de 25 años Federico Capdevila y Miñano, que pide que no se celebre el juicio, puesto que no existe delito alguno. Sus palabras se han conservado porque las llevaba escritas y vale la pena reproducirlas para recordar a un militar digno y honorable:
“Triste, lamentable y esencialmente repug­nante es el acto que me concede la honra de com­parecer y elevar mi humilde voz ante este respetable Tribunal, reunido por primera vez en esta fidelísima Antilla, por la fuerza, por la violencia y por el frenesí de un puñado de revoltosos (pues ni aún de fanáticos puede conceptuárseles), que ho-llando la equidad y la justicia, y pisoteando el principio de autoridad,, abusando de la fuerza quieren sobre­ponerse a la sana razón, a la Ley.
Nunca jamás en mi vida, podré conformarme con la petición de un caballero Fiscal que ha sido impulsado, impelido a condenar involun­tariamente, sin convicción sin prueba alguna, sin fechas, sin el más leve indicio sobre el ilusorio delito, que únicamente de voz pública se ha propalado.
Doloroso y altamente sensible me es, que los que se lla­man voluntarios de la Habana hayan resuelto ayer y hoy dar su mano a los sediciosos de la Commune de París, pues pretenden irreflexivamente convertirse en asesinos, y lo conseguirán, si el Tribunal a quien suplico e imploro, no obra con la justicia, con la equidad y con la imparcialidad de que está revestido. Si es necesario que nuestros compatriotas, nuestros hermanos, bajo el pseudónimo de “Voluntarios” nos inmolen, será una gloria, una corona por parte nuestra a la nación española; seamos in­molados, sacrificados; pero débiles, injustos, asesinos, ¡jamás! De lo contrario será un borrón que no habrá mano hábil que lo haga desaparecer. Mi obligación como español, mi sagrado deber como defensor, mi honra como caballero, y pundonor como oficial, es proteger y amparar al inocente, y lo son mis cuarenta y cinco defendidos; defender a esos niños, que apenas han salido de la pubertad, han entrado en esa edad juvenil, en que no hay odios, no hay venganzas, no hay pasiones, que es una edad en que como las pobres e inocentes mariposas revolotean de flor en flor aspirando su esencia, su aroma y su perfume, viviendo sólo de quiméricas ilusiones.
¿Qué van ustedes a esperar de un niño? ¿Puede llamárseles, juzgárseles como a hombres a los catorce, dieciséis o dieciocho años poco más o menos? No; pero en la inadmisible suposición de que se les juzgue como a hombres, ¿dónde está la acusación? ¿Dónde consta el delito de que se les acrimina y supone?
Señores: Desde la apertura del sumario he presenciado, he oído la lectura del parte, declaraciones y cargos verbales hechos, y, o yo soy muy ignorante, o nada absolutamente encuentro de culpabilidad. Antes de entrar en esta sala, había oído infinitos rumores sobre que los alumnos o estudiantes de medicina habían cometido desacatos y sacrilegios en el Cementerio; pero en honor a la verdad, nada aparece en las diligencias sumarias. ¿Dónde consta el delito, ese desacato sacrílego? Creo y estoy firmemente convencido que sólo germina en la imaginación obtusa que fer­menta en la embriaguez de un pequeño número de sediciosos. Señores: Ante todo somos honrados militares, somos caballeros, el honor es nuestro lema, nuestro orgullo, nuestra divisa; y con España siempre honra, siempre nobleza, siempre hidalguía; pero jamás pasiones, bajezas ni miedo. El militar pundonoroso muere en sus puestos; pues bien, que nos asesinen, más los hombres de orden, de sociedad, las naciones nos dedicarán un opúsculo, una inmortal memoria. He dicho”.
Los “voluntarios” no se calmaron. Capdevila fue insultado por un “voluntario” que lo llama traidor y mambí y trata de agredirlo. Capdevila le pega una bofetada al tiempo que saca su espada para defenderse. Ante la difícil situación el presidente del consejo obliga al valeroso capitán Capdevila que se retire a una sala contigua, mientras los “voluntarios” siguen pidiendo la cabeza del valiente capitán español.
Continuará el próximo número

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