El Caso de un Poeta

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En los primeros meses del 59 un grupo de jóvenes, comandados por Virgilio Piñera, me pidió una en-trevista. Nos reunimos en la redacción del periódico Diario Libre.
A Virgilio lo conocía un poco por la lectura de algunos de sus cuentos. Re­cuerdo uno en que los héroes se comen a sí mismos, cortándose tajadas de sus partes blandas, las que devoraban con fruición para no morirse de hambre.
Entre los que acompañaban a Virgilio Piñera recuerdo al poeta José Arcocha, quien murió en Puerto Rico muy joven; a Ma-nuel Díaz Martínez, un mozalbete de unos veinte años, con el que intercambié unas pocas palabras. Me dijo, con el ha­bitual analfabetismo propio de su edad, sin aires de suficiencia, con cierta modes­tia, que el marxismo era la solución. Le respondí que el marxismo estaba muy lejos de ser una ciencia, que era una toma­dura de pelos y que hasta el mismísimo Carlos Marx, en más de una ocasión, dejó saber que él no era marxista.
Otro de los acompañantes de Piñera, Severo Sarduy, era un jovencito locuaz e irreverente, al que le paré la carreta cuan­do se burlaba del poeta nacional de Cuba, al que llamaba el carretólogo.
Lo que Piñera quería, y se lo con­cedimos, era una página en el periódico Diario Libre, para que sus jóvenes ami­gos publicaran sus escritos y se dieran a conocer. En Lunes de Revolución no había espacio para ellos. Más tarde, cuando en la famosa reunión con los intelectuales cubanos Castro dijo: Con la revolución, todos los privilegios, contra la revolución ningún privilegio.
La mayoría guardó silencio cóm­plice. Yo, probablemente, hubiera hecho lo mismo. Por suerte no estaba allí. Inespera­damente, Virgilio se atrevió a decir: Pero Fidel, tenemos miedo Estas palabras, en aquellos días, era un acto de rebeldía, un gesto sólo posible en un ser humano de mucho valor.
Virgilio Piñera pagó cara su osadía. Lo encarcelaron so pretexto de poner en su sitio a los homosexuales. No sé como reaccionaron sus amigos y los llamados intelectua-les del momento.
Ya había olvidado todo esto cuando encuentro en la interesante, y valiosa re­vista EMEPECÉ, un artículo de Manuel Díaz Martínez, titulado: Intrahistoria Abreviada del Caso Padilla.
Se trata de unos comentarios sobre el lamentable caso del poeta Heberto Padilla, en el que Díaz Martínez hace un extenso e interesante recuento de los altibajos mise-rables que precedieron a la adjudicación del Premio de Poesía Julián del Casal al libro Fuera del Juego.
Destaca la posición del poeta José Zacarías Tallet, que no sólo botó de su casa a David Chericián, que le pedía que votara contra el libro Fuera del Juego del poeta Padilla, sino que llamó a Guillén y lo insultó por pretender coaccionarlo.
Bueno, al fin y al cabo el jurado, inte­grado por Tallet, Lezama Lima, Díaz Mar­tínez, el inglés Cohen y el peruano César Calvo, tuvo el valor de resistir la presión de los cuerpos represivos de la dictadura sangrienta y Padilla recibió el premio, el cual le ganó una de las persecuciones más insólitas y despiadadas del aparato ate-rrorizador del castrismo.
A Padilla lo arrestaron. Encarcelaron también a su esposa, Belkis Cuza Malé, que fue fiel luchadora para conseguir la liber­tad del poeta. Lo sometieron a un juicio, o si lo queremos llamar a un acto de au­tocrítica, siguiendo el modelo estalinista implantado en Cuba, por la dictadura sangrienta de Castro. En el juicio, el poeta delató a sus amigos acusándolos de en­emigos de la Revolución. Por supuesto se acusó a sí mismo, prometiendo enmendar sus desvíos ideológicos. La comedia sería risible, si no hubiera dejado herido en lo más hondo de su alma a un ser humano. La herida nunca sanó. Entre los inculpados por Padilla estaba Norberto Fuentes, au­tor del libro Cazabandidos, publicado en Cuba. Luego de leerlo pensé que Fuentes era un sujeto capaz de cualquier cosa, aunque con diabólica astucia.
Según Díaz Martínez, Fuentes dio la nota discordante. Primero se criticó. Se traicionó a sí mismo, para luego decir unas palabras que le dieron al miserable juicio cierta apariencia de libertad de expresión, al proclamar que era uno de los escri­tores más perseguidos de Cuba. Pero se guardó muy bien de mencionar quiénes lo perseguían. Díaz Martínez salió del lance como pudo. Culpó de lo que estaba ocurriendo a la dirigencia política por no haber mantenido un diálogo constante con los intelectuales; pero que no se daba por enterado, dice que por ingenuidad, y lo creo, de las monstruosidades de la pesadilla que aterrorizaba a toda una nación mientras algunos recibían becas para estudiar en París. Lo mismo que en la era estalinista.
Nada de lo que dijo el poeta Padilla se le puede echar en cara. No era Padilla el que hablaba. Era un robot, posiblemente bajo los efectos de drogas, en lo que tienen vasta experiencias los sicarios del régimen.
¿Por qué no reconocer que Heberto Padilla un buen día se asqueó de todo lo que le rodeaba y reconocerle un valor extraordinario por lo que representan algunos de sus versos?
Otros son infames. Y se nos hace difícil en­tender porqué los escribió. Por ejemplo:
PARA ACONSEJAR A UNA DAMA
¿Y si empezara por aceptar algunos hechos como ha aceptado- es un ejem­plo- a ese negro becado que mea desa­fiante en su jardín?
Ah, mi señora: por más que baje las corti­nas; por más
que oculte la cara solterona; por más que llene
de perras y de gatas esa recalcitrante sole­dad; por más
que corte los hilos del teléfono
que resuena espantoso en la casa vacía;
por más que sueñe y rabie
no podrá usted borrar la soledad.
Atrévase.
Abras las ventanas de par en par. Quítese el maquillaje
Y la bata de dormir y quédese en cueros
Como vino usted al mundo.
Échese ahí, gata de la penumbra, recelosa, a esperar.
Aúlle con todos los pulmones.
La cerca es corta, es fácil de saltar,
Y en los albergues duermen los estu­diantes.
Despiértelos.
Quémese en el proceso, gata o alción; no importa.
Meta a un becado en la cama.
Que sus muslos lustren la lucha de con­trarios.
Que su lengua sea más hábil que toda la dialéctica.
Salga usted vencedora de esta lucha de clases.
Imposible encontrar nada más miserable en la historia de la poesía que estos versos. Parecen escritos por órdenes del Partido Comunista. Son una ofensa a la mujer. No a la cubana, a la mujer. A las Belkis Cuza Malé, a las Marianas Gra­jales. A las feas y a las bonitas. A todas.
A la soltera que sueña. A la que por mandato de los ausentes se quedó defen­diendo el patrimonio familiar en la sole­dad del invierno marxista, mientras que una generación de jóvenes inexpertos que ocupan el lugar del intelectual, que creen que son intelectuales, tema a discutir, ganadores de premios auspiciados por la dictadura sangrienta, se dejan seducir por los privilegios de las becas; de los viajes a Moscú y la traducción de sus libros a los idiomas del Este. En resumen: Heberto Padilla, se salva. No es salvo por Cristo, es salvo por Heberto: es salvo por el poeta cuando denuncia:
LOS POETAS CUBANOS YA NO SUEÑAN
Los poetas cubanos ya no sueñan (ni si­quiera en la noche).
Van a cerrar las puertas para escribir a solas
Cuando cruje, de pronto, la madera;
El viento los empuja al garete;
Unas manos los cogen por los hombros,
los voltean,
los ponen frente a frente a otras caras
(hundidas en pantanos, ardiendo en el NAPALM)
Y el mundo encima de sus bocas fluye.
Y está obligado el ojo a ver, a ver, a ver.
También lo honran los ataques que le hace la Unión de Escritores y Artistas de Cuba:
Acusan a Padilla de estar ausente de Cuba en momentos críticos. Los enemigos del poeta le reclaman y le dicen: resulta igualmente hiriente para nuestra sensi­bilidad que la Revolución de Octubre sea encasillada en acusaciones como el pu­ñetazo en plena cara y el empujón a media noche el terror que no puede ocultarse en el viento de la torre Spasha­ya, las fronteras llenas de cárceles, el poeta culto en los más oscuros crímenes de Sta­lin, los cincuenta años que constituyen un círculo vicioso de lucha y terror, el millón de cabezas cada noche, el verdugo, con tarea de poetas, los viejos maestros duchos en el terror de nuestra época, etcétera.
Aclara el miserable documento de la UNEAC escrito con pavorosa sangre fría: si en definitiva en el proceso de la revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros – no mencionados en el “El abedul de hierro” son más numerosos. Es decir, los adocenados de la UNEAC jus­tifican la horrorosa noche del estalinismo y sus espantosos crímenes y la falta de liber­tad que hay en Cuba y las monstruosidades de la tiranía castrista y no le perdonaron a Heberto Padilla que los haya denunciado.

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