DISCRIMINACIONES Y OTROS TEMAS

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Por Emilio Martínez Paula

Luego de pasarme un par de meses en una cárcel de los Estados Unidos, con desayu­nos de dos huevos fritos, y jamón, cada mañana, por haberme robado un barco en La Habana, me tiraron para la calle. El que se robe un barco en Cuba en estos momentos y lo traiga para los Estados Unidos lo condenarían a 15 ó 20 años en la cárcel, pues después de la traición de los Kennedy las leyes han cambiado y lo que antes era bien visto por las autoridades estadounidenses, como desembarcar en Cuba con armas en las ma­nos, trabar combate con los esbirros de la tiranía sangrienta de los Castro y regresar a Miami, ahora es un delito grave. Pero este no es el tema sobre el que me interesa escribir, sino hablar de la dis­criminación que asolaba a los Estados Unidos, so­bre todo en los estados sureños, hace apenas unos 30 ó 40 años.
Mis primeros días de libertad en Miami donde recibí la ayuda de amigos inolvidables, como Víctor de Yurre, que fue a verme y me llevó un mazo de tabacos y, ah se me olvidaba, cuando al fin después de desagradables interrogatorios por el FBI me tiraron para la calle con cinco dólares y una noche en un hotel, como toda mi ropa estaba rota y hecha pedazos, me “prestaron” unos pantalones y una camisa de sar­gento del ejército estadounidense, y así es que tenía que salir para la calle a buscar cómo iba a comer al día siguiente, y dónde iba a vivir, aunque muy agradecido a los Estados Unidos pues no estaban obligados ni tenían que darme nada, al contrario yo les debo a ellos.
Al siguiente día se me ocurrió montarme en una “guagua”, así con el disfraz de sargento, “guaguas” que aquí llaman autobuses. Me senté en la parte del frente, donde era el único pasajero y como el chofer me pareció, y luego comprobé, que era cubano, y me llamó la atención que en los asientos de la parte trasera se apretaban media docena de hombres ne­gros, de los que ahora llaman afroamericanos.
“Oye hermano”, le dije, ¿cómo esta gente no se sienta aquí y van allá atrás parados”?
“No me compliques la vida, mi socio, primero con un traje de sargento y ahora preocupado por estos negros, me lo dijo bajando la voz. Luego me aclaró que la palabra negro, dicha en español, los negros la consideran ofensiva así que hay que decirla en un susurro, para que no se ofendan.
“Aquí a los de ese color no les permiten que se sienten delante, si se atreven los sacan a patadas. Así es la cosa aquí. Y si se sientan al lado de una mujer blanca, los matan”.
Todo esto me molestó mucho, pues en Cuba cada cual se sentaba donde le daba la gana y las discriminaciones son señales de que nos domina la estupidez.
Ahora recordamos como eran los métodos em­pleados en La Habana, Cuba, más o menos en los años 1940: por ejemplo, debemos poner bien claro que aunque no había odio por el color de la piel, existían clubes con claras tendencias de discrimi­nar, como el famoso Club Atenas, exclusivo para negros. Allí no podían entrar ni blancos ni mulatos. Pero también existía un club de mulatos, que no le daba entrada a negros ni a blancos. Por supuesto que había numerosos clubes, lujosos, con el control de las playas, exclusivo para blancos.
El más interesante de todos era el Club Atenas, en un lugar muy céntrico de La Habana, exclusivo para negros, con la doble discriminación de que era para negros profesionales, abogados, dentistas, médicos y algunos comerciantes adinerados. En los días que el Atenas se reunía para celebrar fiestas, en la puerta situaban a dos porteros, llamati­vamente blancos, vestidos de blanco, para que abrieran las puertas a los socios del club y le es­tacionaran el ca-rro. Era una forma de humillar a los blancos, si eran tan estúpidos que se sin­tieran humillados por tan poca cosa. Nosotros jóvenes habaneros nos gustaba presentarnos en la puerta del Atenas y pedir permiso para entrar, y nos preguntaban amablemente, un negro diri­gente de club: ¿Señor, tiene usted la credencial de socio?
Claro, ya suponen la respuesta. Por lo general en todos estos clubes si alguien pedía ser miembro, su nombre se ponía en conocimiento de la comisión de admisiones. In­tegrada por ocho a diez miembros de la directiva. En dicha reunión, secreta, si aparecía una bola negra, sin que se pudiera saber que miem­bro la dejó caer, sin más discusiones se rechazaba la petición.
En general los negros y mu­latos, a pesar de que el 95% de la población eran blancos, o pasaban por blancos, pues había una canción muy popular que decía: ¿Y tu abuela dónde está? Pues si una mulata tenía un hijo con un blanco, este era más claro y si él tenía un hijo con una blanca o viceversa, ya el hijo pasaba por blanco, o podíamos decir que lo era, aunque nadie se lo iba a preguntar. Nosotros creemos que las razas no existen, que todos pertenecemos a la misma raza, aunque pueda ser que tengamos la piel blanca, negra o amarilla. En África, bajo un sol inclemente, durante miles de años, todos se vuelven negros. Los españoles de las islas ca­narias, como mi abuelo, por cuestiones geográ­ficas y la fuerza del sol, todos tiene la piel más oscura.
En cambio yo, como mi madre era rubia yo soy blanco y casi rubio, aunque con los años soy tan canoso como cualquiera.
En Cuba los negros brillaron por su talento. Sobre todo en el campo de las letras. Me limitaré a dos destacadas figuras, el periodista Ramón Vasconcelos, que en una polémica con el secretario de educación Aureliano Sánchez Arango, hombre de notable talentos y de no­table honradez en el manejo de los dineros del pueblo, Ramón Vasconcelos publicó un artículo en el diario Alerta, con el siguiente título: AU­RELIASNO, lo que le dio gran populari­dad, pese a que Sánchez Arango tenía la razón. Vasconcelos simpatizaba con Machado y en una ocasión comentando sobre el teniente Arsenio Ortiz, que cometió numerosos crímenes duran­te el machadato, Vasconcelos lo llamó: Arsenio Ortiz, el de los galones bien puestos. Otro periodista brillante escritor, poeta notable, Gastón Vaquero, jefe de redacción del Diario de la Ma­rina, diario que tenía más de cien años circulan­do en Cuba, hasta que Fidel Castro lo clausuró, que se destacaba por representar los intereses de los españoles, redactado en buen español y aceptaba colaboraciones de otros escritores.
Gastón Vaquero fue miembro destacado del Comité Panamericano Pro Democracia, cuando nosotros lo dirigíamos. Murió exiliado en España.
Bien, bajo los terribles presagios de que ya está en marcha la Tercera Guerra Mundial, espe­ramos que estos sucesos nunca ocurran deseando que la gente, que tiene un posible y brillante por­venir, que sus ilusiones y sus buenos deseos se cumplan.

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