¿CÓMO ERA HOUSTON HACE MÁS DE CUARENTA AÑOS?

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Por allá en los años 1975 en Houston no era obligatorio tener seguro de carro y la gasolina costaba 25 ó 30 centavos el galón.
Houston entonces era un pueblo de campo grande, muy grande, y las casas eran de un solo piso y tenían patios enormes como de un cuarto de acre y muchos cultivaban su huerta, con zanahorias, papas y distintos vegetales. Los patios estaban cubiertos de árboles gigantescos. Cada cual cortaba la yerba y cultivaba su jardín. Ahora Houston crece verticalmente. El hábitat va desapareciendo, pues se construyen casas de dos y tres pisos, y cortan la mayoría de los árboles. Nadie corta la yerba, prefieren pagar a los que ya son “profesionales” para que la corten.
Las viejas casonas con sus cercas de madera están pasando al olvido. Todo cambia. Y no para lo mejor. Por eso estoy escribiendo estas líneas como homenaje a Houston, una ciudad en que se podía vivir muy bien y para recordar como justo homenaje a los hombres que hicieron, que construyeron con su trabajo, esta acogedora ciudad.
Se comentaba que había una comunidad de mexicanos en el llamado barrio Magnolia, por cierto muy respetados por ser gente luchadora y algunos tenían negocios.
Por allí ejercía el sacerdocio el padre Ismael Testé, cubano, un hombre con los pantalones bien puestos. Sus feligreses, la mayoría mexicanos, le tenían gran cariño.
Fuimos amigos, y lo recuerdo con admiración y respeto.
En esa época colombianos, venezolanos, salvadoreños y en general gente de Centroamérica brillaban por su ausencia.
Cubanos había muy pocos, veinte o treinta mil, aunque no creo que sea una cifra exacta, pero llamaban la atención pues había docenas de cubanos médicos. La mayoría tenía que trabajar un año en un hospital, ganando ochocientos dólares al mes. Para cubrir gastos podían hacer una guardia de 24 horas preferentemente los sábados y domingos, ganando un promedio de 4 dólares la hora. Entre otros médicos hice una gran amistad con Amiris Alcover, de los que si un paciente no tenía para pagar la consulta le regalaba la medicina también; con Fernández Pérez y Castillo. Durante diez o doce años nos reuníamos en casa de Alcover todos los miércoles por la noche. Alcover tenía como pretexto pedir café: Mercedita, Emilio quiere café. Doña Merche, Mercedes, la esposa de Alcover, nos servía tres o cuatro tazas de café, el mío amargo, como siempre. Yo me fumaba un par de tabacos como si tal cosa y Alcover era una chimenea, cigarrillo tras cigarrillo, pues en esos días no se sabía el daño que causa la nicotina, el tabaco, que lo mismo da cáncer en los pulmones que en la lengua o la garganta.
Doña Merche era una cocinera excelente y hacía unas garbanzadas que había que chuparse los dedos.
De vez en cuando pasaba por allí otro buen amigo Gustavo Juan, con el que discutíamos sobre variados temas, aunque en general las conversaciones eran sobre política internacional, y Gustavo era un buen “discutidor”.
Del doctor Vitico Mendiola, al que le tengo un gran aprecio, me contaban que visitaba a los cubanos enfermos, por lo menos me consta que a mis hijos, y, por supuesto la visita médica era sin costo alguno.
Otro buen amigo mío el doctor Jorge Piñera, vecino mío en Cuba, no voy a su consulta porque no le pasa la cuenta a sus amigos.
Recuerdo al doctor Mitrani, excelente médico del que fui paciente durante algunos años, un tanto exigente y le gustaba discutir conmigo sobre la Biblia. Al fin un día le dije: doctor si en el mundo se fueran a acabar todos los libros aunque se podrían salvar diez, el primero que yo salvaría sería la Biblia, que contiene muchos errores, pero es el más importante de todos.
Mi próximo médico, yo casi nunca me enfermo, fue el doctor Charles Taboada, un buen amigo y excelente médico. Fuimos grandes amigos y le gustaba asistir a la Tertulia Cubana de Houston, que durante diez años Don Celso Alonso y Doña Yolandita mantenían con reuniones todos los meses, a la que asistían unas veces cien personas y en otras pasaban de trescientas, según fuera interesante el orador invitado. A la Tertulia de Houston asistieron todas las figuras más destacadas del exilio, como invitados de honor.
También soy muy amigos del doctor Ponce de León, cirujano de mano maestra, que me eliminó una hernia y no recuerdo que otra cosa más. Siempre de muy buen humor. El hijo de Ponce de León es un excelente cirujano, operó a mi hijo Emilio de la vesícula, si mal no recuerdo.
Siempre recuerdo al doctor Ramón Díaz Arrastía, que en un momento crítico de mi vida estuvo a mi lado y nunca olvidaré su asistencia y amabilidad.
He tenido muchos amigos y todos, en cualquier momento, aparecerán en algunos de mis artículos sobre los hombres que hicie-ron a Houston la ciudad que es hoy y que no era hace muchos años ya.

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